martes, 10 de marzo de 2009

Colombia, un paraíso convertido en un purgatorio por Guillermo González Uribe

«En cualquier otra parte, toda la nación se moviliza cuando hay una fuga, una bomba, un disparo. El menor acontecimiento requiere al minuto una declaración del presidente. En nuestro país, están violando y decapitando adolescentes, los jóvenes son despedazados, familias enteras masacradas a hachazos todas las noches, y hacemos como si la cosa no fuera con nosotros».—Yasmina Khadra, «Trilogía de Argel»

1. El Paraíso

A mediados del 2008 estuve en la costa atlántica con mis dos pequeños hijos. Durante quince días anduvimos por la región de Quebrada Valencia, a cuarenta minutos de Santa Marta; sin luz eléctrica, con el mar Caribe de un lado, y ríos y quebradas que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta del otro. Creo que sólo tres veces, cuando hicimos viajes, nos pusimos zapatos. De resto jugamos, leímos, nadamos y vimos animales tan diversos como un grillo gigante que medía más de quince centímetros, y que cuando volaba mostraba sus hermosas alas fucsia inimaginables. Una noche, en la Sierra, durmiendo en una casa enclavada sobre la ribera del río Don Diego, creímos que el mundo se iba a acabar cuando, en medio de la tempestad, corroboramos que mientras más durara y fuera más intensa la luz del relámpago, el sonido del trueno era más fuerte. Nos sentimos vivos y además pensamos que el cielo se iba a abrir. En Quebrada Valencia, mientras buscábamos los pozos cristalinos donde habitan los camarones de agua dulce, voló sobre nosotros un águila negra cuyas alas alcanzaban un metro y medio de longitud. Qué majestuosa, qué imponente.El primer día, en la casa junto al mar, conversé con el administrador, quien me contó que era reinsertado y que había sido guardaespaldas de El Señor (Hernán Giraldo, paramilitar, el gran poder de la Sierra por más de veinte años). Le dije que me tendría que contar historias y él me respondió que algo, pero que no era muy buen contador. Estuvimos también, a lo largo de diez días, con su mujer y su pequeña hija de cuatro años. Hablamos de muchas cosas, pero lo que más me impresionó fue su integridad. En cada jornada, él llevaba los celulares a cargar a la carretera y hacía las compras. Ella cocinaba. Con la chiquita jugábamos. Todos hablábamos. Claro, como no hay televisor, en las noches hablábamos y jugábamos. Nos tratábamos de igual a igual, sin esfuerzo de ningún lado. La sonrisa de su esposa, una gran cocinera; la simpatía de la chiquita; el trato abierto, cordial y directo con él, un hombre ético, de palabra, y a la vez amoroso.Me contó que un tiempo atrás, después de que se acabó el dinero de la reinserción, él había vuelto a enmontarse, pero el recuerdo de su hija y de su mujer lo sacó de allá. Ahora, gracias a la oportunidad que le dio un amigo, vivía bien, tenía trabajo, y quería progresar y sacar sus hijos adelante; sólo dos, el otro estaba por nacer. Pensé entonces, como hace algunos años cuando hice una serie de historias de vida con niños de la guerra, que los combatientes, los que ponen la sangre, los que matan y mueren en esta guerra demencial que se vive en lo profundo de Colombia, son básicamente gente del común, gente buena a la que las circunstancias, el entorno, los poderes y las carencias las obliga a ir a la guerra.Llegan entonces las preguntas: ¿cómo narrar, cómo contar este país? ¿Cómo contribuir para que a mis hijos, de ocho y doce años, no les toque, como a mi generación, vivir en guerra toda la vida, a veces sin siquiera darse cuenta, y sin saber muy bien por qué o para qué? ¿Cómo contar este país en medio de una crisis que nos duele cada día? ¿Cómo abordar la paradoja de vivir en un paraíso, como lo es Colombia, pero en un paraíso que se desangra a cada momento por la corrupción, la connivencia del poder con el crimen, el accionar de los armados de todos los pelambres que arremeten contra los habitantes del campo y contra quienes se atreven a disentir en las ciudades? ¿Cómo situarse en este país, desde la palabra, con acciones que contribuyan a que marchemos por senderos de reconciliación, paz, justicia y reparación?

2. El Purgatorio

Al pensar en la cultura y el país, las primeras imágenes que se me atraviesan son las de las comunidades indígenas, campesinas y negras, cuyos integrantes han sido amenazados, desplazados y, en muchos casos, asesinados o masacrados. Esas comunidades que son el fermento de donde ha salido buena parte de la cultura colombiana: nuestras músicas, que están entre las más variadas y ricas del planeta, de las que han bebido Juanes, Shakira, Carlos Vives y numerosos músicos colombianos contemporáneos y de otras latitudes; literatura como la de García Márquez, de la que aun habitantes caribes dicen: «El Gabo lo que hizo fue poner en el papel las historias de siempre».Lo que pasa con estas comunidades maravillosas, llenas de fuerza creativa, es que están en medio del accionar de grupos armados que las utilizan, y si no se dejan usar y resisten, las someten a los peores vejámenes. Los paramilitares, las guerrillas, las fuerzas armadas del Estado, todos las ven como sus aliados incondicionales o como los aliados de sus enemigos a los que hay que castigar para que escarmienten.Las principales víctimas de este conflicto son precisamente los habitantes del común de Colombia, que luchan por mantenerse al margen del conflicto.Además de que ocurren hechos aberrantes –cientos de masacres, miles de asesinatos, millones de desplazados–, lo peor es que no se ven salidas claras y concretas. Las nuevas generaciones de los paramilitares, las Águilas Negras, vuelan con libertad por los cielos del país, no con la majestuosidad de las aves de las cuales robaron su nombre, sino con la sevicia de los asesinos de siempre. Las guerrillas siguen perdiendo cada día más ese norte político y social que tuvieron en su nacimiento, imponen su poder autoritario a sangre y fuego, cometen todo tipo de atropellos, pero paradójicamente sus acciones demenciales lo único que logran es fortalecer los sectores más retardatarios del país. Mientras tanto, las comunidades continúan denunciando a las fuerzas armadas del Estado como auxiliadoras del paramilitarismo y violadoras de sus derechos.Al igual que en la época conocida como la Violencia de los años cuarenta y cincuenta, en la violencia actual sus principales víctimas son el pueblo –ese término que ya no se utiliza–, los descamisados, los más humildes, los iletrados, los usados como carne de cañón por unos y otros.De nuevo, varias preguntas: ¿cómo contar lo que sucede hoy aquí? ¿Cómo contarlo en forma eficaz para que contribuya a que no siga pasando? ¿Cómo superar esta sensación de impotencia y lograr detener la barbarie, la corrupción, el crimen?Algo más: estamos en la corriente global que considera que los desplazados, los asesinados en Colombia para limpiar el terreno y poder montar megaproyectos como el cultivo de palma, la extracción de madera, la ganadería extensiva o la explotación de recursos no renovables, son «daños colaterales», son el mal menor necesario para poner a funcionar lo que llaman «proyectos inaplazables para la inserción de la economía en el concierto internacional».

3. ¿Dónde estábamos?

Estos tiempos de conflicto llevan a la necesidad de afinar la mirada y el olfato. A ser más críticos frente a las verdades a medias y al ocultamiento, que son el pan diario de parte de los dirigentes y medios. A que, como seres privilegiados —con posibilidades de llevar una vida digna—, podamos mirar esta realidad a través de relatos complejos y profundos. A posar los ojos más allá de quienes representan el poder formal y a buscar historias que nos hablen de estos tiempos con creatividad, intensidad, complejidad.En Colombia está todo. El país con la mayor biodiversidad es al mismo tiempo el primero o segundo con mayor número de desplazados, con mayor número de niños vinculados a la guerra, con mayor número de sindicalistas asesinados, donde se perpetran el mayor número de masacres, y seguramente será el primer país entre los que cometen crímenes de Estado cuando se destape del todo el nuevo horror de la llamada Política de Seguridad Democrática del actual gobierno: el asesinato a sangre fría de cientos de jóvenes inermes por parte de unidades del ejército, para presentarlos como guerrilleros caídos en combate, con el fin de ganar ascensos y días de permiso, y seguramente dinero de las recompensas que ofrece el gobierno con los fondos provenientes de lo que pagamos por impuestos… Ergo, nosotros, todos nosotros, los ciudadanos que pagamos impuestos, estamos financiando el homicidio de jóvenes que salen de su casa con la promesa de un trabajo, y al día siguiente son reportados como subversivos dados de baja.Hace cerca de un año, cuando se comenzaron a destapar cientos de fosas comunes en las que hay miles de personas asesinadas en las masacres cometidas por el paramilitarismo en alianza con el Ejército, la revista Semana publicó un informe especial sobre la violencia paramilitar de más de veinte años, e hizo una muy buena pregunta: ¿dónde estábamos los periodistas mientras sucedía esto en el país?Colombia es también el país del avestruz, de aquella gigantesca ave que mete la cabeza en la tierra y no sabe lo que está pasando a su alrededor, o no lo quiere saber. El asesor presidencial José Obdulio Gaviria habló hace algunas semanas en Estados Unidos de migrantes, desconociendo la existencia de los desplazados: ¿qué sentirán estos más de tres millones de personas si se enteran de que el poder que gobierna este país desconoce su condición? ¿Qué pensarán estos millones de personas a quienes sacaron por la fuerza de sus viviendas, al saber que en su afán de mostrar resultados el gobierno los llama simplemente migrantes, como si se hubieran ido por su propia voluntad de sus terruños? ¿Qué pasará por su mente al escuchar al presidente de la república decir que el paramilitarismo en Colombia se acabó, mientras las estructuras paramilitares se reorganizan, se rearman, amenazan, persiguen, asesinan y siguen exportando a diario toneladas de droga, la mercancía más rentable del planeta, que es el soporte central de la guerra en Colombia?Hay una amenaza en Colombia contra lo diferente. Desde diversos frentes. El presidente Uribe y su cúpula transitan cada vez más cerca del autoritarismo, del poder total que no admite contradictores ni diferencias. Si Semana investiga el fenómeno de la proximidad del crimen narcoparamilitar con sectores del poder político, el presidente Uribe arremete contra la revista; si los periodistas de La W critican los lazos del círculo de Uribe con el delito, el presidente los manda a la picota pública; si Daniel Coronell, un periodista que se la juega al denunciar a partir de la investigación, se aproxima a algunos de los tentáculos de la mafia que vive en las vecindades del gobierno, el presidente denigra de él. Para no hablar de los defensores de los derechos humanos a los que tilda de aliados de las Farc, como ocurrió hace poco con José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch (HRW): cómplice y defensor de las Farc, lo llamó Uribe. Este es el mismo Vivanco al que expulsaron hace pocos meses de Venezuela, acusado por el presidente Chávez de ser agente del imperialismo. Vivanco le respondió a Uribe que en Colombia se cometen cada año tantas violaciones a los derechos humanos como durante toda la dictadura de Augusto Pinochet en Chile (AFP, 8 de noviembre de 2008). A medida que se conocen más y más testimonios, atropellos y violaciones, tal afirmación no parece exagerada.La irritación del presidente proviene de que días atrás, durante la divulgación del informe de HRW sobre Colombia, «¿Rompiendo el control?», se indicó que «el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, atacó en varias ocasiones a la Corte Suprema de Justicia con el fin de obstruir los procesos en contra de paramilitares», y Vivanco agregó: «Si hay algo que caracteriza a la administración del presidente Uribe es su abierto desprecio por las instituciones democráticas» (El Espectador, 16 de octubre del 2008). El informe de HRW recoge además el testimonio del paramilitar Francisco Villalba, quien afirmó que siendo gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe participó con su hermano en la reunión preparatoria de la masacre de El Aro. Sobre estos hechos, el procurador general de la nación, Edgardo Maya, ordenó abrir investigación: «En lo atinente a presuntas irregularidades cometidas por el señor Álvaro Uribe Vélez, para la época de los hechos gobernador de Antioquia, se compulsarán copias a la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes… El procurador Edgardo Maya tomó la decisión luego de que la Fiscalía 17 especializada de la Unidad de Derechos Humanos remitiera la declaración de Francisco Villalba en la que revela detalles de la supuesta reunión entre el presidente Uribe, su hermano Santiago Uribe y dos jefes paramilitares en la Cuarta Brigada» (Noticias Uno, 7 de noviembre del 2008). Testimonio que amplió el paramilitar ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara, señalando que Uribe personalmente había dado la orden de ejecutar dicha masacre (El Espectador, 12 de noviembre del 2008).

4. Ninguneando

Al que levanta la cabeza, al que hace uso del derecho legal de protestar para reclamar sus derechos, el gobierno y sus funcionarios lo acusan de terrorista, subversivo y aliado de la guerrilla. El presidente Uribe se toma fotos con campesinos, negros e indígenas, pero cuando están organizados los desprecia y los manda a la picota pública, lo que en Colombia, viniendo de él, puede ser una sentencia de muerte: culpó a la comunidad de paz de San José de Apartadó de habitar un corredor de las Farc, y a los pocos meses se produjo la masacre allí, a manos de paramilitares, junto con miembros de las fuerzas armadas del Estado. Sobre los corteros de caña que organizaron un paro para exigir lo mínimo, que no les siguieran pagando a destajo sino que les hicieran contratos de trabajo, el presidente Uribe, citando un informe, dijo que la guerrilla los había obligado a hacer el paro (Caracol, 27 de octubre de 2008). Igual pasa con los indígenas del pueblo nasa, cuya protesta fue respondida a sangre y fuego: de nuevo negó el presidente Uribe los atropellos del gobierno, pero tuvo que aceptarlos a regañadientes cuando CNN emitió un video en el que se mostraba a la fuerza pública disparando contra indígenas armados con palos. Pero de todas formas se atrevió a plantear que los indígenas se herían ellos mismos con las armas que construían (!); como en tiempos del presidente Turbay Ayala cuando, en su gira por Europa, negó que en Colombia existieran presos políticos, y luego, ante la fuerza de los hechos, lo aceptó, pero diciendo que esos presos políticos se autotorturaban en las cárceles.En el debate para pedir la renuncia del ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, por su presunta responsabilidad en los llamados falsos positivos, que en realidad son ejecuciones extrajudiciales sistemáticas, asesinatos fuera de combate por parte de integrantes de las fuerzas armadas del Estado cometidos contra civiles inermes, con patrones que se repiten a lo largo y ancho del país en guarniciones militares, por lo cual ya no se podrán calificar, como es costumbre, de casos aislados, el senador liberal Héctor Helí Rojas, quien fue uribista hace algunos años, señaló que cerca de cinco mil colombianos han sido reportados como desaparecidos desde el 2002, año en que comenzó a gobernar el presidente Uribe. Y allí mismo el senador del Polo Democrático, Parmenio Cuéllar, agregó: «Santos sabía todo lo ocurrido, pues en septiembre de 2006 el senador (Gustavo) Petro le hizo un debate sobre esos falsos positivos. Y varias ONG nacionales e internacionales lo han venido diciendo de todas las formas, pero el ministro Santos no quiso darse por enterado y por supuesto guardó silencio» (Caracol, 3 de noviembre de 2008).Los llamados falsos positivos se constituyen en un crimen de lesa humanidad, cometido por funcionarios del gobierno y del Estado colombiano, y permitido a sabiendas por otros, crímenes que tendrá que investigar la Corte Penal Internacional, pues dados los implicados en los hechos, es casi imposible que se haga justicia hoy en Colombia.

5. Apartarse del delito

La amenaza más fuerte es contra el país. La amenaza es sentir cada día más que el crimen está muy cerca del gobierno, que muchos de quienes están o han estado en el actual gobierno tienen nexos concretos con la corrupción, el delito, el narcotráfico, el paramilitarismo y el crimen organizado: Londoño, exministro del Interior; Noguera, exdirector del DAS; varios de sus exembajadores; buena parte de los congresistas que lo apoyan; hermanos y familiares de ministros como Valencia Cossio, titular de la cartera del Interior; Mario Uribe, primo hermano del presidente, por nombrar sólo algunos, y además reciben en la casa de los presidentes a enviados del narcotráfico, con el fin de buscar pruebas para enlodar a la Corte Suprema de Justicia, como al lugarteniente de Don Berna, Job, asesinado después de la visita (Semana, noviembre del 2008). Esto no es una simple opinión. Están las investigaciones que a diario se publican tanto en el país como en el exterior. La amenaza más fuerte es sentir que el presidente Uribe no ha tomado la determinación de apartarse del delito y el crimen que lo rodea, como sería su deber.Si el presidente tuviera la voluntad de retirarse de ese entorno cercano al delito, debería dejar a un lado a muchos de quienes han sido sus colaboradores, hoy investigados por la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la Nación. Pero en vez de hacerlo se ha ido lanza en ristre contra la Corte, que se ha atrevido a desenmascarar delitos cometidos por gente de su entorno, y sigue su camino para perpetuarse en el poder, tratando de cooptar todos los poderes —si los tengo todos, nadie podrá investigar, dice el poder autoritario—, reformando la Constitución y las leyes a su antojo en busca de su tercer mandato, como lo hizo para el segundo. El periodista Antonio Caballero habló hace algunos meses de la parábola del tigre: el presidente Uribe se encuentra montado en un tigre, y si se baja del tigre, el tigre se lo come. No puede o no quiere darles la espalda a esos sectores corruptos y delincuenciales que lo acompañan, porque si lo hace, puede quedarse solo y expuesto.Con una excepción: el gobierno tuvo que reaccionar y destituir a varios altos miembros de la cúpula militar cuando los medios empezaron a dar a conocer esos centenares de casos de asesinatos de jóvenes por parte del ejército nacional; se venía además la elección del nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien ha tenido una posición firme en cuanto a exigir al gobierno de Uribe respeto a los sindicalistas y a los derechos humanos, y se llegó al extremo, publicado por Semana, de un soldado que denunció a sus excompañeros porque asesinaron a su hermano para que les dieran permiso de salir el Día de la Madre. La perversión, una vez que echa a andar, no tiene límites.Pero a los pocos días de las destituciones de militares, el presidente envió un doble mensaje al ejército, haciendo un homenaje al renunciado general Montoya, sindicado de patrocinar ejecuciones extrajudiciales: «El general Mario Montoya, gran general, ejemplo de eficacia» (5 de septiembre de 2008, entrevista por RCN). Y al parecer, según la revista Semana, lo nombrará embajador. O sea, destituye por un lado y elogia por el otro. Qué pensará entonces el oficial o el soldado al que le exigen eficacia: ¿continúo con lo de los falsos positivos, como hasta ahora, pero sin dejarme coger, que después me recompensarán con ascensos y prebendas?

6. Sería el momento…

Sería este el momento para que, como ocurre en otros lugares del continente —como Brasil—, se consolidaran en Colombia corrientes políticas críticas, fuertes, maduras, coherentes, éticas, creíbles, que logren sacar adelante un programa de profundos cambios democráticos. Fuerzas alternativas que puedan dejar a un lado los personalismos mezquinos, el sectarismo, y permitan pensar más en el país que en las ansias de poder de cada uno. Sería el momento para el accionar de lo que Antonio Gramsci llamó intelectuales orgánicos, gentes que están cerca de las luchas sociales, las interpretan y las acompañan. Y sería el momento para que por fin las guerrillas entregaran a todos los secuestrados y dejaran atrás esta práctica que les ha hecho más daño y les ha dado mayor desprestigio que miles de operativos realizados por cientos de batallones, y que entendieran que su tiempo pasó, que otras corrientes cruzan el mundo y que es la oportunidad de entrar en un proceso rápido y concreto de desmovilización e integración a la vida civil, quitándoles de paso su mayor excusa a quienes tienen como única política la guerra.Para que Colombia deje de ser una democracia asesina es necesario modificar la cultura del crimen que, por lo menos, está vigente desde los años ochenta: todo vale para conservar los privilegios: la tortura, la desaparición, el genocidio, las masacres y ahora los crímenes de Estado contra jóvenes inermes, reportados como dados de baja en combate. Es imprescindible una transformación profunda de las costumbres políticas, sociales y militares en Colombia. Empezando por todos y cada uno. Guardar silencio es ser cómplice. Hacer la vista gorda es volverse cómplice de los asesinos. No querer ver lo que está pasando, sabiendo qué pasa, es ser cómplice. Estar en el poder y no sancionar a quienes delinquen desde el Estado es ser cómplice de los delincuentes.

7. El narcotráfico

Cada semana los medios inundan sus espacios con noticias sobre la captura, extradición o muerte de un capo: Chupeta, El Alacrán, Jabón, Jorge 40, HH, son algunos de los nombres que más suenan en los medios —ellos son quienes hoy hacen la historia del país, ¡qué paradoja!—, y éstos son remplazados por otros. Y esos otros desaparecen y son remplazados por otros similares. Y así. El problema no son esos capos, instrumentos pasajeros del negocio más rentable del mundo hoy por hoy, el narcotráfico. El problema es que las drogas ilícitas sean, precisamente, ilícitas, y que por tanto se constituyen mafias para producirlas y comercializarlas, y son mafias que asesinan, delinquen, sobornan.Parecería que fuéramos ciegos, sordos, mudos y estúpidos, pues nos negamos a ver que no importa cuántos delincuentes caigan, siempre otros los remplazan. Ni importa cuánto dinero se gaste en esta guerra, ni cuántos miles de soldados lleguen, ni cuántas bases estadounidenses se construyan en territorio colombiano. Esta guerra contra las drogas está perdida, y es algo que ya reconocen entidades y gobiernos de diversas partes del mundo.En un país desinstitucionalizado, con altos niveles de corrupción, delincuencia y profundos desniveles sociales, y un conflicto social que no se resuelve, que además produce hoja de coca, y cocaína, y también heroína, y marihuana —que es el mayor cultivo en Estados Unidos, superando al de naranja, pero allí no se combate fumigándolo con glifosato—, es casi imposible controlar el narcotráfico con medidas policivas. El dinero del narcotráfico, que parece no tener límites, corrompe casi todo. El dinero del narcotráfico, y de la guerra contra él, es lo que alimenta la guerra en Colombia. Y echa raíces en México, Venezuela, Brasil…Un paso importante para salir de nuestros conflictos es plantear salidas innovadoras a la lucha contra las drogas, entre ellas los caminos posibles para su despenalización gradual, unidos a fuertes campañas de prevención y educación desde la niñez. No se puede olvidar que en Estados Unidos legalizaron el consumo de alcohol cuando fueron conscientes de que las mafias estaban en el poder en varias importantes ciudades. Y que se podían tomar todo el país. Colombia ha puesto tanto muerto, y ha sufrido tanto por el narcotráfico, que tiene el deber moral y político de plantear a la comunidad internacional salidas innovadoras a la fracasada guerra contra las drogas, que sólo ha dejado muerte, corrupción, desolación y crimen en el país.

Notas

Para complementar informaciones sobre la situación colombiana, ver:• Human Rights Watch: (http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/200810/16/internacional/20081016elpepuint_1_Pes_PDF.pdf). Informe final de la Misión Internacional de Observación sobre Ejecuciones Extrajudiciales e Impunidad en Colombia: (http://www.dhcolombia.info/IMG/Informe_misionobservacion_ejecuciones.pdf).• Amnistía Internacional: (http://www.amnesty.org/es/region/colombia/report-2008http:/www.amnesty.org/es/region/colombia/report-2008).• Comisión Colombiana de Juristas, informe del 3 de septiembre del 2008: (http://www.coljuristas.org/inicio.htm).• Comisión Intereclesial Justicia y Paz: (http://justiciaypazencolombia.org/spip.php?article156).

Colombia: boceto para un retrato por Héctor Abad Faciolince

Colombia me parece un buen resumen del mundo. Una élite prevalentemente blanca en el color de la piel, que constituye un poco menos del 10% de la población total, que vive en los climas más fríos y ocupa las tierras más fértiles, es dueña del 80% de la riqueza general (las minas, la agricultura, el ganado, los bancos, las industrias) y controla el poder político. Otro 40% de la población, un poco más oscura en su aspecto exterior, trabaja duramente, más que para llegar a ser élite, para no caer en la pobreza del otro 50% de la población, que vive en las tierras más cálidas y menos fértiles o en las partes más duras de las ciudades, que es negra, india, mulata o mestiza, y que nunca está del todo segura de poder comer o de tener agua limpia al día siguiente.
El primer mundo desarrollado (espejo de Europa, Estados Unidos y algunas partes del Lejano Oriente) está representado por esa élite de piel clara, que se aprovecha de las materias primas y de la mano de obra barata del resto del país. Viven bien, comen bien, estudian en los mejores centros, tienen excelentes hospitales y se mueren de viejos. La clase media, los pequeños empleados, algunos obreros con buenos contratos, son el espejo de los países emergentes como México o Brasil. El 50% de los pobres que apenas sobreviven, se parecen a África, a las regiones y naciones más pobres de Oriente, y también, por supuesto, a la misma América Latina menos desarrollada. Así es el mundo, y Colombia se parece mucho al mundo, en tamaño pequeño.
Recorrer Colombia es una bonita experiencia sociológica: si uno empieza por el Norte, en el desierto de La Guajira, podrá visitar la mezquita de Maicao, comer quibbes como los del Líbano, ver mujeres de origen árabe con velo musulmán y hasta deleitarse al postre con las waclavas de miel y frutos secos. Si atraviesa las fértiles llanuras de Córdoba, Bolívar y Sucre, encontrará inmensos hatos de ganado Brahman, traído de la India hace más de un siglo, con sus morros henchidos de grasa y carne, y con la parsimonia envidiable de las vacas sagradas. Si se trepa por la cordillera de los Andes encontrará valles alpinos con ganado Holstein o Jersey, como en Suiza, Inglaterra o Canadá, e incluso campesinos de ojos azules que ordeñan las vacas y hacen queso en las montañas de Antioquia. Si se hunde en las selvas del Chocó podrá sentirse en África de repente, con unos negros grandes y dulces que llevan la música por dentro y la pobreza por fuera, aunque con gran dignidad. Si se atreve a internarse en las selvas amazónicas, se sentirá en partes del Brasil, con ríos inmensos y parsimoniosos, árboles innumerables, calor intenso y bichos raros. Si va a los departamentos del Cauca y Nariño, en el sur, podrá figurarse que está en Bolivia o en Perú, con indios que vienen de ramas remotas de la familia quechua, cuyo imperio se extendió hasta allí, pero que hablan lenguas locales que Evo Morales no entendería.
Y en este viaje imaginario encontrará también, por supuesto, aquello que se considera más típicamente colombiano: plátanos y yuca en tierra caliente, cafetales y pájaros en tierra templada, campos petroleros y minas de oro y carbón explotadas en general por inmensas transnacionales europeas o norteamericanas, plantaciones de mata de coca con mafiosos que matan por defender las rutas de su cocaína, guerrilleros salvajes que secuestran y extorsionan, paramilitares sanguinarios como nazis, un Ejército que no pocas veces comete crímenes tan horrendos como los de los grupos ilegales, y un Estado que, según se acerque o se aleje de las grandes capitales, es capaz de controlar o no el territorio de la nación.
¿Qué nos falta en esta rápida descripción geográfica del país? Dos largas costas, la del mar Caribe y la del océano Pacífico, entre delfines y playas coralinas, hasta tibias bahías escogidas por las ballenas que van y vienen de los polos para hacer ahí, en el centro de su recorrido, esos ruidosos y salvajes apareamientos que los humanos llaman el amor. Algún puerto industrial, como Barranquilla, donde judíos y árabes conviven y compiten por el comercio; una ciudad de belleza legendaria, Cartagena de Indias, en donde el centro se parece a Andalucía y la periferia a Bangladesh; y por último el puerto más feo de todo el océano Pacífico, Buenaventura, en donde la ventura está siempre al borde de convertirse en desventura.
Colombia es también, como el mundo, un país de ciudades en el que la mayoría de la gente vive en humeantes conglomerados urbanos acromegálicos y no en el campo. Lo distinto estriba en que, a diferencia de la mayoría de los países de Hispanoamérica, la capital del país, Bogotá, no se roba la casi totalidad de la población urbana, sino que pululan las ciudades con más de un millón de habitantes: Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira, Cartagena, Manizales. Salvo los puertos, la mayoría de estas ciudades (y por ende de la población del país) está en las cordilleras, en altos valles o en altísimos altiplanos. El motivo es muy simple: el clima duro del trópico, la humedad y los insectos de las tierras bajas se soporta mucho mejor en la altitud de las montañas. Por eso tenemos un país muy extenso, pero al mismo tiempo muy densamente poblado en la cordillera y casi desierto en las llanuras y en las selvas.
El 98% de los colombianos hablamos en castellano. Las variedades de nuestro español dependen de si estamos cerca del mar, de cara al mundo, o aislados en las montañas, pero en general podría decirse que, quizá por estar nuestro país a mitad de camino entre el Río Grande del norte y el Río de la Plata, nuestro castellano tiene una cadencia bastante comprensible para casi todos los que viven en el ámbito de la lengua. A esta aparente neutralidad de nuestra variedad lingüística se debe tal vez ese lugar común que dice que hablamos el español más hermoso y correcto de América.
La política nos apasiona, como a los ciudadanos de cualquier parte del mundo, y también tenemos la ilusión de que la vida depende del cambio ritual de los gobernantes. Desde hace más de seis años nos gobierna un terrateniente antioqueño de baja estatura, ojos claros y buenos modales (aunque los pierde con facilidad cuando se enoja, y se enoja mucho). Un requisito tácito para pertenecer a su gabinete es haber padecido secuestros o asesinatos a manos de la guerrilla. Muchos de sus ministros han tenido esa trágica experiencia, en la propia piel o en la de familiares y amigos muy cercanos. Eso los hace odiar, con razón, a las Farc, empezando por el primer mandatario, cuyo padre fue asesinado por esta banda de narcotraficantes que se hace pasar por guerrilla revolucionaria. Bueno, es ambas cosas, una guerrilla degradada a mafia que no deja por eso de ser a ratos una guerrilla con ideales rebasados por la historia. Uribe fue elegido por la mayoría de los colombianos para derrotar a ese grupo, las Farc, del cual el 95% de la población estaba harto. Lo ha logrado en parte, pero a costa de perdonar demasiado a los paramilitares y a costa de gastarse la mejor tajada del presupuesto en fortalecer al Ejército.
Casi nadie, ni yo mismo, se opone a que derrote a la guerrilla. El problema es que al hacerlo se descuida lo más grave para nuestro desarrollo: la desigualdad y la miseria. Del 50% de la población pobre, de su condición inhumana, sale cada año apenas un porcentaje ínfimo, aunque constante. El agua sigue siendo impotable incluso en algunas de las regiones más lluviosas del mundo. No tenemos ni una sola autopista en todo el país. La educación pública es de muy mala calidad y no es universal. La gente desplazada del campo por la guerra se hacina en las ciudades en condiciones de vivienda y de vida intolerables. El Presidente reza rosarios en público y no está muy interesado en el control de los nacimientos. Pero aquello para lo que fue elegido, aquello que prometió —derrotar a las Farc—, lo está cumpliendo, y por eso la mayor parte de la población lo apoya todavía con un fervor religioso.
Escribimos libros, hacemos unas cuantas películas al año, ganamos una o dos medallas de bronce en los Juegos Olímpicos, somos buenos escaladores en ciclismo y tenemos una selección de fútbol que teme mucho hacer goles. Tenemos dos o tres cantantes populares que el mundo adora, aunque a mí no me entusiasmen. Nuestros tres escritores más grandes, en todos los sentidos de la palabra grande, viven en México (García Márquez, Mutis y Fernando Vallejo), como si el aire impuro del D.F. fuera fecundo para su prosa. Tenemos unos cuantos museos no muy buenos, pero de vez en cuando surgen grandes talentos aislados en la ciencia o en el arte. Somos unos 44 millones los que seguimos viviendo aquí, y otros 4 viven repartidos por el mundo, sobre todo en Venezuela, Europa y Estados Unidos. El país es muy verde y su naturaleza no es nada pobre. Medellín, la ciudad en la que vivo, no es la peor de América Latina ni tampoco la más violenta, por mucho que en años anteriores haya sido la capital mundial de la mafia. Pasamos de 6.500 asesinatos al año a 650, y por eso nuestra tasa de homicidios es inferior a la de Caracas, a la de México e incluso a la de Washington.
No somos ni el infierno ni el paraíso. Somos un purgatorio que intenta arrancar almas de la perdición y aspira a seguir, aunque muy despacio, a un paso desesperantemente lento, el camino del progreso que otros llaman cielo.

domingo, 8 de marzo de 2009

Fracasar cada vez mejor por Piedad Bonnet

Los escritores debemos temer a los homenajes. En primer lugar, porque cuando empiezan a multiplicarse, sobre todo a edad provecta, pueden leerse casi como despedidas. En segundo término, porque son siempre un halago. Y por eso mismo debemos estar seguros, cuando los aceptamos, de no estar creando ni compromisos ni dependencias. Y en fin, porque pueden llevarnos a percepciones erróneas de nosotros mismos, a tomarnos demasiado en serio o a movernos en el único territorio en el que jamás debemos ubicarnos: el de la certidumbre en relación con lo que hacemos.

Pero es cierto también que los escritores, vanidosos y generalmente inseguros, nada apreciamos más que el reconocimiento. El reconocimiento, no la fama, que es, como dice Rilke, «la suma de malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre». «Algo habré hecho mal -decía Stevenson- o no sería tan famoso». Mientras la fama es problemática, el reconocimiento nace del aprecio, del interés genuino de los lectores. Es la recompensa que el escritor recibe por lo que ha hecho, que no es otra cosa que pasarse horas y horas de su vida escribiendo palabras que no sabe si interesarán a otros.

En efecto, el escritor -si uno lo piensa un poco- tiene uno de los oficios más extraños que puedan darse: él mismo se impone su tarea, con sus ambiciones y sus límites; se dicta sus horarios, se traza sus caminos. Decide qué borra, qué corrige, cuándo su trabajo está terminado. Ahí reside su privilegio y su tortura: hace lo que quiere en un mundo en el que la mayoría de las personas trabaja de manera obligada, con miras a la supervivencia y, muchas veces, en cosas que no le gustan. Pero al elegir ese camino de autodeterminación se atiene a las consecuencias: puesto que ya hace mucho no sólo desaparecieron los mecenas sino que el poeta perdió el aura -para hablar con las palabras de Benjamin- debe, generalmente, subsistir por medio de un oficio paralelo, que le roba las horas; en la escritura busca goce, y a menudo lo obtiene, pero el camino suele ser tortuoso y desasosegante. Está obligado a ser siempre el mismo y también otro, a desdoblarse, a inventarse cada vez. Y, poseído por una idea, o por la fuerza de una historia o de una forma que se le impone, lo que lo mueve es el proceso, no el resultado: cuando logra su objetivo, se olvida de él, ya no le interesa. Su ciclo me recuerda, por supuesto, el mito de Sísifo, pero también los versos de Blanca Varela:

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera.

Llegué a la escritura, entre otras razones, y siendo aún una adolescente, por envidia. Envidia de aquellos seres misteriosos, los escritores, siempre tan lejos y tan cerca, capaces de fabular historias fascinantes o de crear poemas estremecedores; quería provocar en mis lectores imaginarios las inmensas emociones que en mí había suscitado la lectura de Verne, de Salgari, de los hermanos Grimm, de esa inmensa novela que es Crimen y castigo, o de los poetas cuyos poemas había leído, de niña, en los cuadernillos de Simón Latino. Con el tiempo, y en la medida en que he hecho de la literatura una de las razones más poderosas de existir, aunque jamás me he desentendido del lector, mi tarea se ha convertido en una pasión en sí misma. Pero aunque sigo escribiendo, como en mis primeros tiempos, más por
necesidad personal que porque crea que el escritor tiene una misión, no concibo el oficio de la escritura como un ejercicio onanista que no revierta en otro, que no tenga por objeto último comunicar algo a los demás.

Creo que escribir comporta una reflexión ética y estética que dicta la forma y compromete al escritor con una tradición que es, en primera instancia, la de su lengua, pero que va mucho más allá de ella. Y con su momento histórico, que de una u otra manera, en la verdadera literatura, está siempre presente. Como se ha dicho tantas veces, el escritor es, ante todo, una conciencia crítica, que a través de sus textos incomoda, examina, problematiza y, ante todo, comprende. La suya es, en esencia, como señala Kundera, contraria a toda mentalidad totalitaria. «Mientras más huele a podrido en Dinamarca -dice Sergio Pitol- más indispensable se vuelve la novela». Yo añadiría: y la poesía, esa forma suprema de la literatura, que es capaz de decir lo que ningún otro arte puede decir.

El acto creador del escritor entraña una profunda paradoja: realizado en la más absoluta soledad, está destinado a propiciar una de las formas más plenas de comunicación, sólo superada tal vez por la que existe en la relación íntima de dos personas enamoradas. Me gusta la forma en que Savater plantea el acto de leer: como una comunicación profunda entre la soledad del autor y la de su lector, que multiplicada se traduce en un acto comunicativo más amplio, de dimensión social. Esto significa que la obra jamás podrá ser inocente. Todo pensamiento expresado, toda forma elegida, tiene una carga: política, ética, estética. Por eso mismo, publicar no puede ser el resultado de un ejercicio narcisista, sino que debe tener siempre una justificación.

Algunas veces me han preguntado qué significa escribir en un país que se desangra, víctima de la violencia; y cuál es la responsabilidad que esta situación plantea a los escritores colombianos. Y sólo he podido responder que, en cualquier parte del mundo, la única responsabilidad que un intelectual debe tener es compromiso con su arte e independencia. Eso se traduce en múltiples acciones: escribir sólo sobre aquello que resulte imperativo, sin hacer concesiones a la moda, al afán comercial de las editoriales, a supuestos deberes políticos, o a la culpa, esa sombra que siempre acompaña al colombiano, por el hecho de formar parte de una sociedad indolente y permisiva; permanecer a distancia del poder, conservando un espíritu crítico que le permita no sólo disentir, sino interrogar, subvertir, ver desnudo al emperador y ponerlo en evidencia. No sucumbir al halago, ni dejarse arrastrar al reino del diletantismo o de la banalidad. En fin, ser libre y capaz de resistirse a todo amansamiento.

A la pregunta de si es distinto escribir desde la condición masculina que desde la condición femenina, habría que responder rotundamente que sí. Pero por una sola razón: porque es imposible eludir la condición de género. Ser mujer implica una experiencia del mundo muy distinta de la del hombre, que abarca desde los condicionamientos de su cuerpo hasta la naturaleza de sus temores. Una historia de siglos, una manera de ser mirada e interpelada o silenciada marca su género. La impronta de esa experiencia se traducirá, quiérase o no, en su obra.

En no pocas ocasiones he tenido que recordar la graciosa frase de Conrad: «Ser mujer es una tarea terriblemente difícil, ya que consiste en tratar con hombres». Reconozco la pervivencia de la discriminación de género -también yo la he sufrido, tanto en sus formas burdas como en las más soterradas- y la necesidad de luchar por las reivindicaciones de la mujer. La literatura no es, no puede ser ajena a ese problema, como tampoco a ningún otro. Pero su naturaleza la obliga no a aleccionar, ni a juzgar, ni a imponer verdades, sino a mostrar a esa mujer en situación, a dramatizar sus conflictos, a poetizar sus deseos y sus frustraciones. Aspiro a que las mujeres de mis obras sean de carne y hueso: a veces valientes, a veces cobardes, imperiosas, frágiles, tercas, vanidosas, ambiciosas, dulces, crueles, soñadoras o insatisfechas.

Hombres y mujeres nos hermanamos en torno al misterio de la existencia: a todos nos sobrecoge por igual la posibilidad de la muerte, el amor, la temblorosa constatación de los ciclos, de la belleza, de la maldad y la violencia. Y si algo pretende un escritor es poder penetrar la naturaleza humana, sin barreras. Es esto lo que permite a Flaubert crear ese personaje lleno de dudas, insatisfacción y veleidades, que es madame Bovary. Y lo que hace posible que Marguerite Yourcenar asuma la complejísima conciencia de Adriano, el emperador.

En un país como éste, enturbiado por tantos bajos sentimientos, «la carrera de un creador -como dijo Javier Marías, hablando de España- a veces es la imagen de alguien que está en el agua y se esfuerza por salir mientras algunos lo empujan hacia abajo». Por eso, un homenaje verdadero es como un abrazo fraterno, estimulante, que congrega a los lectores, los cuales son siempre la mayor recompensa para un escritor. Ellos lo hacen olvidar sus diarias vicisitudes y las envidias y maledicencias que lo persiguen desde que los medios lo convierten en figura pública.

Cuando en lo más alejado de la provincia, en la modesta biblioteca de mi padre, y con la guía de mi madre, una sencilla maestra, descubrí las felicidades de la literatura, jamás habría podido imaginar que el sueño temprano de ser escritora se cumpliría. He dado una dura pelea por hacer de mi vocación una opción de vida y una posibilidad de felicidad, pero no más ni menos que muchos otros escritores colombianos, apasionados por su oficio. No soy yo la llamada a hablar de logros. Bien se sabe que cada obra entraña un fracaso, pues siempre hay una distancia entre lo que se quiso decir y lo que logramos decir. El estímulo que hoy recibo me ayuda a aspirar, no a la perfección, que está siempre fuera de nuestro alcance, sino, como dijo Beckett, a fracasar cada vez de una mejor manera.

sábado, 7 de marzo de 2009

Ensayo

Discurrir a lo libre, como quería Gracián; concurrir al abierto palenque de las ideas para todos, como lo definió Salinas; c'est moi qui je peins o pintarse a sí mismo, como advertía Montaigne a sus lectores; en fin, hacer ciencia sin la prueba explícita, según la paradoja de Ortega: apuesta por la manera de escritura, por el juego de las ideas generales, por la exploración del yo, por llevar un hecho a la plenitud de su significado por el camino más corto.

martes, 3 de marzo de 2009

"Ante el dolor de los demás" (una lectura de Marisol Romo)

“Ante el dolor de los demás” de Susan Sontag (2003). Un comentario de Marisol Romo Mellind (2006)

Tema

Susan Sontag reflexiona sobre las imágenes más lacerantes que han podido captar los reporteros gráficos en las diferentes guerras y sucesos que han asolado a la humanidad. Tanto el contenido de estas fotografías y el uso ideológico que se hace de ellas, como la reacción del espectador y de los propios fotógrafos son por partes iguales materia de análisis para esta intelectual.

Resumen

Comienza Susan Sontag citando a Virginia Woolf y a sus interesantes reflexiones sobre la guerra contenidas en el extraordinario libro Tres guineas (publicado en 1938) que tiene, además, el mérito de contener un juicio intelectualizado en defensa de las reivindicaciones de las mujeres. El rechazo femenino a la guerra, le permite a Woolf reivindicar simultáneamente los derechos negados a la mujer en la época en que ella vivió. Woolf reflexiona sobre el dolor de las imágenes de guerra al tiempo que pone en evidencia la situación de la mujer (el sufrimiento femenino como otro aspecto del dolor). De esta forma, la confrontación entre el dolor de la marginación y el dolor de la guerra quedan perfectamente perfilados desde la reflexión sobre la iconografía del horror.

La referencia a esta escritora ya desde el comienzo mismo de su libro es, sin duda, una escenificación de la toma de relevo que intelectuales como Sontag han llevado a cabo a partir de pioneras como Woolf. Conviene precisar que la idea de pioneras no sólo hay que entenderla desde la perspectiva de las reivindicaciones feministas, sino también por haber sido precisamente mujeres las primeras intelectuales en mantener un enfrentamiento reflexivo directo con el dolor de la guerra (y la manipulación propagandística de este dolor), puesto en evidencia a través de las innumerables fotografías. Esto es realmente meritorio sobre todo si se tiene en cuenta que aún hoy en día los teóricos se muestran reticentes a reflexionar sobre este tipo de imágenes. Es por todo ello que las consideraciones de Woolf son de máxima actualidad por su frescura, espontaneidad y nivel de madurez y sobre todo porque hablan de lo que hasta ahora ha parecido un tabú: las fotografías del horror de la guerra. Es por todo ello que Sontag empieza su libro con este reconocido homenaje a Woolf, poniendo en evidencia la validez de sus argumentos y la necesidad de su divulgación.

Paralelamente, Susan Sontag recuerda como en las primeras guerras fotografiadas (la de Crimea, la de Secesión de Estados Unidos y la Primera Guerra Mundial) no se fotografiaba el campo mismo de batalla en parte debido a que los equipos fotográficos antiguos limitaban la movilidad del fotógrafo. Respecto de las fotografías bélicas, casi todas anónimas, publicadas entre 1914 y 1918, su tono en general –en tanto que transmitieron, en efecto, parte del terror y la devastación– era épico, y casi siempre presentaban una secuela: el paisaje lunar o de cadáveres esparcidos que deja la guerra de trincheras.

En este sentido, la aparición de la Leica (una cámara ligera) con una película de 35 milímetros permitió a los fotógrafos desplazarse libremente por los escenarios de la guerra y obtener así imágenes más directas y con mayor grado de espontaneidad. En opinión de Sontag, con todos estos adelantos técnicos ya se podían hacer fotografías en el fragor de la batalla, si lo permitía la censura militar, y se podía estudiar de cerca a las víctimas civiles y a los tiznados y exhaustos soldados. La guerra civil española (1936-1939) fue la primera guerra atestiguada (“cubierta”) en sentido moderno: por un cuerpo de fotógrafos profesionales en la línea de las acciones militares y en los pueblos bombardeados, cuya labor fue de inmediato vista en periódicos y revistas de España y el extranjero.

Si la guerra civil española fue la primera “cubierta” por los fotógrafos profesionales, la de Vietnam fue la primera guerra de la que se hizo cargo la televisión. Desde entonces, las batallas y las masacres rodadas al tiempo que se desarrollan –precisa Sontag– han sido componente rutinario del incesante caudal de entretenimiento doméstico de la pequeña pantalla. Crear en la conciencia de los espectadores, expuestos a dramas de todas partes, un mirador para un conflicto determinado, precisa de la diaria transmisión y retransmisión de retazos de las secuencias sobre ese conflicto.

Para Sontag, a pesar del caudal masivo de imágenes (televisión, video, películas…) que caracteriza a la época contemporánea, la fotografía sirve mejor para recordar: la fotografía cala más hondo. La memoria congela los cuadros; su unidad fundamental es la imagen individual. En una era de sobrecarga informativa, la fotografía ofrece un modo expedito de comprender algo y un medio compacto de memorizarlo. La fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio. Cada cual almacena mentalmente cientos de fotografías, sujetas a la recuperación instantánea.
Al hilo de estas consideraciones, Sontag constata como desde el principio (en 1939 con las primeras cámaras) la fotografía ha acompañado siempre a la muerte, pero en lo que respecta concretamente a la representación fotográfica de la guerra fue a partir de los años cuarenta cuando puede empezar a hablarse de una madurez del fotoperiodismo. Sin embargo, la iconografía del sufrimiento es anterior a la fotografía como ha quedado constancia por los estudios en historia del arte. La escultura, los grabados y la pintura abordaron desde sus mismos inicios los temas referidos al dolor, al sufrimiento y a la barbarie. Si bien las imágenes con fuertes connotaciones de analogía con la realidad (televisión, cine, fotografía y video) marcan claramente una relación muy diferente con el espectador, además de tener sus propias especificidades en lo que respecta al ámbito de la representación. Se recordará, en este sentido, las palabras de Sontag sobre las peculiaridades de la fotografía en su relación concreta con la memoria.

La primera guerra fotografiada, la de Crimea, marca ya lo que será –en mi opinión– una característica fundamental de la fotografía bélica: la instrumentalización propagandística. Roger Fenton encargado de fotografiar esta guerra, retrató a los militares en actitud de pose relajada al lado de los campamentos militares, lejos de cualquier connotación de los horrores de la guerra y de la presencia de los campos de batalla. Tan sólo su imagen de El valle de la sombra de la muerte, en la que se ve el campo de batalla después de tener lugar una contienda en la que murió un batallón completo de ingleses, se puede percibir el horror ya en off. Esta autocensura de Fenton fue consecuencia de las instrucciones recibidas por la reina Victoria que quería ocultar a la población la realidad de la guerra. Lógicamente, la escasa movilidad de los equipos así como el complejo proceso de preparación de las placas fotográficas dificultaban el movimiento del fotógrafo; pero en todo caso había ya una instrumentalización propagandística que marcó este trabajo.

Susan Sontag reconoce igualmente la instrumentalización política del reportaje de Fenton, al tiempo que recuerda que muchas de las imágenes que se han realizado a lo largo de la historia de conflictos bélicos han sido manipuladas. Sin embargo, hay que recordar que muchas de estas manipulaciones, no han desfigurado en lo más mínimo la realidad del acontecimiento y la mayoría son sólo recreaciones o interpretaciones de matanzas que tuvieron efectivamente lugar (el caso de Felice Beato, por ejemplo). Y muchas de las que se han puesto en duda comola fotografía de la muerte de un soldado republicano en la guerra civil española realizada por Robert Capa se ha demostrado tras arduas investigaciones que era auténtica (para los interesados, se recomienda la lectura de mi artículo Muerte súbita de la mirada –incluido en esta misma web– donde se habla de los problemas sobre la autenticidad de esta fotografía).

Pero Sontag considera que sólo a partir de la guerra de Vietnam hay una certidumbre casi absoluta de que ninguna de las fotografías más conocidas son un truco. Y ello es consustancial a la autoridad moral de esas imágenes. La fotografía de 1972 que rubrica el horror de la guerra de Vietnam, hecha por Huynh Cong Ut, de unos niños que corren aullando de dolor camino abajo de una aldea recién bañada con napalm estadounidense, pertenece al ámbito de las fotografías en las que no es posible posar (p. 69). También es, para esta autora, a partir de la guerra de Vietnam cuando la fotografía bélica se convierte por norma en una crítica de la guerra. Hay que tener en cuenta, asimismo, que en esta guerra se produjo otro acontecimiento importante que fue la “rebelión” de los fotógrafos que quisieron dar cuenta de la tragedia con documentos trascendentales, a pesar de tener que enfrentarse a las propias agencias gráficas algunas de las cuales servían a los interese americanos.

El atentado al World Trade Center marcaría un punto de inflexión importante en lo que se refiere a la representación audiovisual de la guerra, dado que el propio horror va a servir de justificación para iniciar una cruzada generalizada contra el mal que va a permitir la escenificación mundial de la guerra (guerras teledirigidas). Frente a esta instrumentalización de la violencia, hay que situar la creciente censura que padecen los reporteros gráficos en guerras como las de Irak. Por tanto, entre la estrategia propagandística de mostrar o esconder las imágenes del horror, sitúa Sontag la difusión y la recepción de las imágenes violentas. Miedo, angustia y a veces apatía acompañan al espectador ante las innumerables fotografías de la barbarie. El papel de la fotografía en la representación del dolor y del sufrimiento es, por tanto, fundamental para dejar constancia de los acontecimientos dramáticos.

Las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran. Sorteando las disputas sobre el número preciso de muertos (a menudo la cantidad se exagera al principio), la fotografía ofrece la muestra indeleble. La función ilustrativa de las fotografías deja intactas las opiniones, los prejuicios, las fantasías y la desinformación.

Hay que tener en cuenta que la recepción de este tipo de imágenes tiene, además, un componente morboso como confirma la autora con estas palabras: Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo que implica mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran. No todas las reacciones a estas imágenes están supervisadas por la razón y la conciencia. La mayor parte de las representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan, en efecto, interés lascivo.

Desde una perspectiva general, Sontag reconoce que las imágenes dicen: Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizá se ofrezcan a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo.

Comentarios

El libro de Susan Sontag es fundamental para acercarse al fenómeno de las imágenes violentas. Está escrito con gran desenvoltura y con una prosa muy accesible. Ante el dolor de los demás mantiene un diálogo directo con las imágenes de la violencia: guerras, genocidios y barbaries son así estudiadas desde sus propias representaciones audiovisuales. Más allá del por qué de estas imágenes, de su difusión y modos de representación, Sontag trata de acercar al lector al sufrimiento de los otros.

lunes, 2 de marzo de 2009

Víctor Gaviria por Víctor Gaviria

1. GAVIRIA POR GAVIRIA

Entrevista concedida por el director de La vendedora de rosas a Fernando Cortés, quien prepara un libro sobre el tema. Tomado de Número.

1 Imaginate que yo salí de bachillerato del Calasanz, un colegio de varones de Medellín, como a los 17 o 18 años, y entonces le pedí a mi papá de regalo de grado los dos tomos de Aguilar con todos los cuentos de Hans Christian Andersen. Mi papá me regaló esos libros que venían empastados en cuero; me parecieron divinos. Fueron los primeros libros serios de literatura que yo tuve en mi vida. Seguramente había leído a Andersen de pelao, no lo recuerdo bien. Pero eso no importa. Lo importante fue cuando salí de sexto, porque era el primer escritor que leí en serio, todo, de principio a fin. Lo que pasa es que yo estoy muy vinculado a Andersen desde pelao por El soldadito de plomo. Mi primer recuerdo de la infancia, cuando estaba por ahí de cinco años, es que en la casa todo el mundo se puso a vomitar, y mi papá nos cogía a cada uno y nos ponía a vomitar en los baños; entonces todos los baños se llenaron de gente vomitando, porque nos habíamos intoxicado con el almuerzo, y la intoxicación se debía a que habían encontrado un soldadito de plomo en los fríjoles. Me acuerdo de eso y creo que yo fui el que puso el soldadito en la olla de los fríjoles. Tengo la idea de que fui yo. No sé por qué, no lo recuerdo. Pero sí recuerdo que en la casa jugaba con unos soldaditos de plomo, los colocaba en la baldosa, los ponía filados y, luego, con otro niño, un amiguito mío, jugábamos a tumbarlos, disparándoles con canicas de cristal. Entonces cuando después leí El soldadito de plomo, el cuento de Andersen, siempre lo vinculé a ese recuerdo, a un recuerdo de un peligro muy grande en la casa, en la primera casa donde viví.

2 Mi papá se llamaba Emilio y nació en Liborina, Antioquia. Era médico. Él murió hace como diez años. Yo iba al consultorio a visitarlo y él estaba ahí con todos sus aparatos. Se había especializado en radioterapia para el cáncer y las enfermedades de la piel. Llegó a Medellín como llegaron todos los hijos de las familias pudientes de los pueblos de esa zona del occidente del departamento, que tenían fincas por Santafé de Antioquia y más o menos recursos para mandar a sus hijos a estudiar. Después se casó con Fabiola, mi mamá, y nacimos nosotros, ocho hijos, ocho hermanos. Nosotros vivíamos en el barrio La Floresta, como por el centro de Medellín, por Bomboná con Villa, un barrio de casas viejas de tapia. Vivíamos en una casa a donde mi papá nos había llevado cuando teníamos como cuatro o cinco años, y mi papá se iba de viaje para una zona selvática de Caucasia, una zona tenaz de colonización; cuando regresaba siempre nos traía una tatabra, una guagua, a veces micos, animales muy exóticos, y unas matas que siempre nos tunaban, por lo que nosotros vivíamos rascándonos, con las manos llenas de verruguitas. En la casa teníamos una pecera y un perro muy lindo, me acuerdo de que se murió cuando tenía seis años, la misma edad que la mía. Yo había nacido en un mundo lleno de hermanos, y tenía dos hermanas, muy lindas, de las que vivía superenamorado, eran mis amores de toda la vida; ellas me llevaban a todas partes, y yo siempre estaba detrás de ellas, pendiente de buscarlas, de dormir con ellas, de conversar con ellas, siempre admirado de lo que eran y hacían ellas. Sin embargo, también mantenía unas relaciones muy lindas con mis demás hermanos, especialmente con los menores, con los que jugaba todos los días hasta que cumplimos los seis años y entramos al colegio. Eso fue el acabóse. Fue un trauma porque en la casa vivíamos muy chévere. Una casa de rejita, de un piso, con jardines y donde había un parque muy hermoso, con árboles y senderos, donde todos los días eran sábados y todos los días salíamos a montar en bicicleta. Mi mamá, Fabiola, que está viva, recuerdo que en esa época era muy bonita —hoy sigue siendo más bonita todavía—, se iba para el centro y a nosotros nos dejaba en la casa. Ella se iba para el comercio, de pronto a visitar a las amigas, a comprar cosas, y volvía por allá a las siete de la noche, siempre con un regalo para nosotros: una canica, una pelota, un pito... cualquier cosa. Una vez fuimos a temperar a una finca, a pasar el diciembre con los primos González, que eran unos acordeoneros, unos parranderos de miedo, que vivían en una rasca eterna, y ahí conocí a una primita, una primita lejana, una primita tercera que tenía como nueve años y se llamaba Ángela. Una primita bella, bella, bella. Entonces yo me le declaré en enero y ella me dijo que sí y nos dimos besos en una manguita...

3 De toda esa etapa de mi vida, el momento más importante fue cuando me regalaron los libros de Andersen, porque en ese momento decidí escribir. Parece una bobada, pero eso le cambia la vida a uno. Yo, que nunca había escrito nada, dije: «Me voy a poner a escribir». Me situé en una pieza de la casa, que era calorosita, mantenía las persianas cerradas, prendía una lamparita y ahí estudiaba, leía y escribía. Entonces empecé a hacer cuadernos, tenía un diccionario de sinónimos y me ponía a hacer descripciones de las cosas y a darme cuenta, por ejemplo, de que no conocía muchas palabras, que cómo se llama esto, que cómo se llama aquello, y me las aprendía, pero después se me olvidaban. Todavía se me olvidan. Las aprendo, las anoto y después de un tiempo se me olvidan. Yo decidí dizque escribir, ¿cómo te parece? Y practicar y aprender. Leí muchas cosas en esa época, pero no estaba preparado para escribir. Me tocó así, de un momento a otro, pero yo qué iba a escribir, hermano. Obviamente hice muchos intentos. Escribí muchos poemas y prosas, pero todos supermalos porque ese es un aprendizaje muy largo y muy difícil. Pero yo estaba muy animado, claro, de haber encontrado algo que me gustaba. Vivía más contento que el putas. Lo que sí no sé es de dónde me vino la goma por el cine. De pronto por mi papá, que en ese entonces filmaba con un grupo de amigos. Mi papá no era muy creativo: solamente filmaba la casa, por dentro y por fuera, las primeras comuniones, los aniversarios y a nosotros; cuando niños siempre veíamos eso: mi papá apagaba las luces de la sala de la casa y veíamos esas películas; imaginate, para uno eso era divino, era una cosa muy fuerte. Son cosas que uno no está esperando, que aparecen sin uno darse cuenta, muy inconscientes, que uno no prevé para nada. ¿Por qué el cine? Seguramente por eso de mi papá. Yo la verdad llegué al cine por casualidad. El destino de las cosas es tan raro, que se impone y llega como por coincidencia. Yo entré a estudiar sicología a la Universidad de Antioquia, pero quería ser escritor, y de un momento a otro se me apareció el cine sin quererlo ni nada.

4 Imaginate que empecé a hacer unas historiecitas con actores de un grupito de teatro infantil, pero no me gustaron; entonces me fui a un colegio y casualmente encontré a unos niños, con quienes hice unas peliculitas: El vagón rojo y La lupa del fin del mundo. Me encantaron la naturalidad, la espontaneidad, la frescura de estos muchachitos. Se supone que en ese entonces yo escribía poesía en Acuarimántima, con José Manuel Arango, una revista a la que me habían invitado a escribir, pero entonces por esas casualidades de la vida seguí haciendo cine. Afortunadamente, porque escribir es muy difícil. No sé. Esta era otra forma de comunicación donde yo podía preguntar, hablar de las experiencias de los mismos actores. Me gustaba que hablaran de una manera coloquial, que no fueran diálogos teatrales ni de cine, sino frescos, que dijeran las güevonadas así, normal. Entonces hice ese par de peliculitas en superocho. La lupa del fin del mundo era un recuerdo de colegio, de cuando ocurrió la vaina de Cuba, la vaina entre Kennedy y Kruzhchev que suscitó un amago de guerra mundial. Era lo que vivían los niños ese día, con todos los rumores de que iba a llegar el fin del mundo. Son unas peliculitas que yo tengo todavía, unas cosas muy rudimentarias, en las que nos acompañaba Luis Alberto Álvarez durante el rodaje y en las que se ven los pelaos y los recreos. Hacer cine en esa época era muy barato. Sinceramente, hacer una película valía como 25 mil pesos. Era como quien dice gastarse ahora unos 300 mil pesos o más; era plata en esa época. Las hacíamos los fines de semana. Durante la semana yo estaba en la universidad, pero todas las tardes ensayaba con los pelaos, me reunía con el camarógrafo y hacíamos el guión y rodábamos los fines de semana; además nos tocaba conseguir la plata para darles el almuerzo a los pelaos, para los sánduches y el fiambre, para comprar los rollos, para el revelado y para las ediciones, que se hacían en unas moviolitas manuales que estaban de moda. Todos mis amigos estaban muy interesados en lo que hacíamos, porque a todos les gustaba el cine, aunque éramos más bien curiosos que cineastas de verdad.

5 En Medellín había una cinemateca en la que se hicieron unos concursos que se llamaban de cine subterráneo, que duraron dos años seguidos. Entonces todo el mundo andaba con una fiebre tenaz: los pintores, los escritores, los poetas, todos hicieron su peliculita. Concursaron 27 películas, pequeñas, de dos o tres minutos cada una. En esa época Luis Alberto Álvarez había llegado a Medellín y con él se había desatado una fiebre de cine, preparada también por otra gente como Orlando Mora, que escribía una página de cine en El Colombiano. Ya para esa época estaban los Ospina y Caliwood. En cine los paisas no hemos sido pioneros, pues ellos estaban a años luz de nosotros, que ni siquiera habíamos pensado en hacer cine. Nosotros habíamos pensado solamente en ver el cine, en degustarlo y en estudiar a los autores, pero a nadie se le había ocurrido hacer una película. Era la cinefilia. No el cine cine, sino la cinematografía. Entonces, en 1979, crearon Focine, empezaron a hacer concursos y yo me gané uno con el guión Habitantes de la noche; fue como dar el salto, ya con sonidista propio y con todo un grupo. Así conocí a cineastas con experiencia como Rodrigo Lalinde, Elsa Vásquez, el combo de Cali con Mayolo, los Ospina, Palau, y el combo de Bogotá, que tenían unos trabajos ni los hijueputas. Y yo, con mi primera experiencia con actores naturales, hice Habitantes de la noche, un mediometrajito, y ahí me di cuenta de que en esa película hay unas partes que son mejores que otras y que las mejores son las que tienen un guión que está más próximo a la investigación de campo. El lenguaje de los celadores cuando hablan a su manera. Ese actor natural que era el locutor de la emisora llamado Alonso Arcila Monsalve, pues no conseguí un actor profesional sino el propio locutor de un programa que yo oía mucho; la historia es linda cuando está pegada a él, el güevón ahí en la emisora, yo le cogía chistes y anécdotas al hombre, pero claro que con un guión general; esa parte resultó ser una belleza. Lo lindo de la peliculita era ese personaje real, con mucha fuerza. Los actores pueden ser unos pobres y unos arrastrados, pero tienen que tener mucha poder. Hicimos Habitantes en 1983, pero apenas salió en 1985. Luego vinieron Rodrigo D y un resto de trabajos sueltos, un resto, y después ahí sí La vendedora de rosas.

6 ¿La vendedora de rosas? La empecé el 19 de abril, dejé todas mis cosas y me dije: «Bueno, vamos a empezar esta película hoy». Casualmente comencé ese día, porque fue cuando hice una cita con una pelada que se llamaba Mónica Rodríguez, a quien la había encontrado en la calle coincidencialmente, cierta vez, por una zona donde roban mucho. Yo sabía que ella estaba de ladrona. La vi pasar con una cantidad de pelaítos, ladrones también. Hacía mucho tiempo no la veía y la saludé. Una amiga muy amiga, a quien yo había conocido antes en un internado de monjas. Una niña muy inteligente, que me había servido para un documental, pero que hacía mucho tiempo no veía. Se supone que ella estaba en una especie de proceso de reeducación, para estudiar. Son niñas que pasan por una serie de etapas y después terminan en la universidad. No sé por qué se salió de ese proceso y estaba en la calle, rodando, robando. Una niña superinteligente, pequeñita, menuditica. Entonces le dije: «Voy a hacer una película». Yo ya había hablado con ella de ese asunto, de que algún día íbamos a hacer una película que era La vendedora de rosas y que ella sería la protagonista. Yo le dije: «Voy a hacer la película ya. Entonces qué, ¿cuándo nos vemos?». Le di el teléfono. Ella ya sabía dónde era nuestra oficina y ese día cayó. Entonces nos sentamos a charlar y ese día empezó la película. Le conté la historia, basada en un cuento de Andersen. Yo había hecho una especie de adaptación, como un relato de ocho o diez páginas, de La niña de los fósforos. Era el cuento de una niña que moría en la noche de Navidad a las doce de la noche. Ella moría de frío, abandonada, alucinando con la mamita, mientras que los fósforos se volvían como mágicos. Entonces, tratando de calentarse, empezaba a prenderlos... Así fuimos buscando los personajes. Un día otra niña, Martica, me dijo: «Vámonos para un colegio». Nos fuimos a un internado de niñas de la calle que tenían unas monjitas por allá a la salida para La Estrella. Allá descubrí a la protagonista. Unas monjas muy queridas, no tuvieron desconfianza con nosotros, no sé por qué. De una nos dijeron: «Vea, aquí están las niñas, ¿usted qué va a hacer?». Les contamos la historia, y después las monjitas queridísimas nos dejaban sacar las niñas para ensayar, incluso los fines de semana; las llevábamos donde las mamás, hicimos un casting de muchos meses, porque de todas maneras era una mano de personajes... Después esta misma niña, Martica, me presentó a los niños de la calle setenta, vendedores de bareta y de perico, un grupito de pelaítos, y ahí mismo los enganchamos. Ellos actúan también en la película. En general, el grupo de niñas y de niños se conocían entre ellos. Todo consistía en entrevistar, porque este tipo de películas se hace así, entrevistando a la gente... En todos esos detalles y detalles uno va acumulando y absorbiendo cosas. Ah, nosotros grabábamos en video todo, no sé cuántos casetes, hermano... tanto las entrevistas como los ensayos. Y unas buenas secretarias nos pasaban todo eso; teníamos una mano de páginas, no sé, como 600, de entrevistas y entrevistas. Ahí está todo, nosotros no inventamos nada.

7 Yo había conocido a unas niñitas muy hermosas, incluso de ojos azules, monas. Pero de pronto... escogí a la protagonista, la vas a conocer, porque era una niña que tenía una belleza típica, de un mestizaje muy paisa, medio aindiadita, no mucho, tampoco era muy blanca. Era como el punto medio del mestizaje en el cual todos nos podíamos identificar. Era una niña muy dulce que ya tenía un proceso de formación, puesto que las monjas hacen por estas niñas unas cosas muy lindas; les enseñan desde tender la cama hasta bañarse, pues las niñas de la calle son unas niñas muy locas. Además, era buena actriz, me pareció buenísima en los ensayos... Entonces, como a los tres meses de recoger toda esa investigación, nos fuimos para una finca con Carlos Henao y Diana Ospina, y con base en la primera adaptación que yo había hecho escribimos el guión. Tarea que nos tomó unos cuatro días, insertando todas las piezas, articulando todas las historias. La investigación que se hizo sobre el sacol, por ejemplo, era fundamental. Todas las entrevistas que se hicieron hablando con los niños, de qué alucinaban, cómo alucinaban, e interpretando qué significaba todo eso. Ahora, lo que pasa es que yo ya tenía la historia original, a grandes rasgos: se trataba de una niña que el 23 de diciembre estaba vendiendo rosas con las amiguitas y, de pronto, un borracho le regala un reloj. Ella había luchado toda la noche para no desesperarse, para no ensacolarse, pero termina ensacolada con las amiguitas, pues la vence la droga. Entonces llega a la casa muy temprano y cuando llega a la casa, unos muchachos le quitan el reloj y se lo cambian por otro... Sustancialmente, la historia final es la misma, claro que totalmente enriquecida. Esa primera historia, por ejemplo, tenía su estructura de presentación de personajes, el comienzo progresivo de la trama, el desarrollo, y luego hay un momento en que la trama también cambia, por un giro que precipita el final, el desenlace, el clímax y todo eso... Pero todo fue hecho muy instintivamente... Esos libros y esos manuales le ayudan a uno a leer la trama, cuando uno tiene tiempo de verla como al trasluz y de mirar la estructura, pero más bien guiado por la intuición de la historia misma que por otra cosa.

8 Toda la preproducción se financió con la plata que nosotros reunimos. Colcultura nos dio 10 millones de pesos. Nosotros conseguimos como 35 millones de pesos, lo que nos ayudó a financiar en esa época toda esa parte. En realidad, nosotros hacíamos al tiempo todas las cosas: conseguíamos la plata y al mismo tiempo hacíamos la investigación, no sólo del relato, sino también del vestuario, de locaciones, de dirección artística. Todo eso al mismo tiempo. Entonces mientras yo trabajaba en la dirección de actores, otra gente entrevistaba a los pelaos, tomaba las fotos, etcétera.

9 Llega un momento en que la película se vuelve una gran familia de trabajo. Tenemos la expectativa de cumplir el objetivo de hacer la película, metiendo mucha esperanza y energía; los niños, por ejemplo, que por primera vez iban a poder decir quiénes eran, algo que les hace mucha falta, pues son niños muy poco reconocidos en el mundo. No tienen ningún tipo de reconocimiento. Entonces la película era una forma de que ellos llegaran a ser unas personas íntegras, en el sentido de ser reconocidas. Era una vaina mutua, una conversación, un diálogo lindísimo, de ellos ver cómo vivíamos nosotros, porque de todas maneras ellos se daban cuenta de que uno es un tipo de gente que tiene su familia, su casa, que ha estudiado... Entonces se produce un ensamble y la película se vuelve una cocreación permanente. Como el guión lo hice yo, entonces yo era el que sabía dónde estaban los problemas, qué era lo que había que solucionar, qué era lo que había que buscar; por ejemplo, si necesitábamos algunas anécdotas para darles salida a algunos problemas de guión, yo los exponía y ellos los solucionaban. O sea, desde un comienzo, desde la primera entrevista, ellos empiezan a ensayar, sobre todo los pelaos que uno escoge o ve que van a hacer algún papel. Desde ahí se inicia un proceso de trabajo con ellos como actores frente a la cámara. Nosotros siempre trabajábamos con la cámara, precisamente para eso. Desde un comienzo estaba Javier Quintero, quien hizo la cámara durante esta parte de la preproducción. Nosotros todos los días hacíamos primero una serie de entrevistas para solucionar problemas. O les preguntaba simplemente por preguntarles, porque siempre tengo la ambición de lograr lo más posible del universo de ellos. Uno lee muchas veces guiones, y me aburren porque van por un solo caminito y, además, tienen demasiadas cosas desconocidas a su alrededor. Solamente se van guiando por unos detallitos, pero lo tenaz es tener todo el entorno lo más completo posible. Entonces yo les preguntaba por todo, por todo. Por las mamás. Hablaba con las mamás, iba a sus casas... Todo, todo. Los detallitos... Todo era película, todo es película. Todo se necesita para lograr que sea verosímil, para que te la crean, para que vos estés dentro de un personaje con un entorno; es decir, un trabajo al interior de los personajes, desde el exterior. Todo detalle es importante, ya que le da un sentido de realidad y, sinceramente, hace respetar al personaje. Porque un personaje ficticio está hecho de muchos olvidos de un personaje real, de muchos huecos, de muchos vacíos, que son vacíos no solamente inconscientes sino de desinterés. En mi caso, quiero todo lo que se le ocurre al personaje, sus buenos y malos momentos, cuando no hace nada, cuando logra cosas. Entonces, como te digo, desde el comienzo siempre había ensayos, ensayos que eran como improvisaciones. Bueno, entonces tú estás aquí, llega este man, entra por aquí, tan tan, luego tal cosa. Entonces las improvisaban, y ahí mismo iban saliendo los diálogos, y al mismo tiempo ellos preparándose como actores. Yo los cansaba todos los días, a cada rato, y ellos se aburrían pero hacían el trabajo.

10 Vos sabés que nosotros tenemos un arte muy dependiente, diferente del de Brasil y otros países donde la cultura está más empapada de lo popular. Aquí hay mucha diferencia entre la vida popular y la cultura popular y lo que se llama el arte y la cultura con letras mayúsculas. Esa separación tan hijueputa, esa separación, hermano, que hace que a vos te quede muy verraco hacer una película buena, muy verraco. Sí. Esto pasa en el cine colombiano y en la literatura, con buenas excepciones de gente que lo ha logrado, que ha logrado cosas muy buenas. Pero en el cine, que es como un arte tan dependiente, donde nosotros estamos sin posibilidad de mostrar las vainas, sobre todo en este país. ¿No te parece que hay un racismo, un clasismo? ¿Cómo se llama eso? Una especie de clasismo intelectual tan hijueputa, que no da la posibilidad de hacer un cine real. Me parece que la gente hace guiones muy de acuerdo con las películas que ha visto. La inspiración no es la vida misma, sino las películas, y falta, como quien dice, ese aire que lo haga sentir a uno que realmente está acá, estamos acá, comprometidos con la gente de acá. Eso significa mucho. Entonces para tener esto, uno tiene que tener muchos detalles, ¿sí o qué?, puesto que todos los detalles son reales. Incluso los imaginados. Lo que pasa es que los detalles imaginados nacen muchas veces de recuerdos de uno, de vivencias, de literatura, y hay que aprovecharlos también, pero enriqueciéndolos con detalles reales para poder romper esa barrera de aislamiento en que estamos nosotros como cineastas. Es un aislamiento muy tenaz. No sé. Son los detalles, sin exagerarlos tampoco, para no caer en un costumbrismo güevón. Nosotros como cineastas estamos en un mundo y en una cultura muy hermosos, ¿sí o qué?

2. LA VENDEDORA DE ROSAS: REFLEXIONES SOBRE LOS NIÑOS DE LA CALLE EN MEDELLÍN

Reflexiones del director de cine Víctor Gaviria sobre las experiencias vividas en el rodaje de su película, La vendedora de rosas.

Película y conocimiento

El conocimiento que se adquiere a través de la realización de una película de ficción es, para empezar a describirlo, un conocimiento intuitivo que se desplaza continuamente hacia casos concretos. En otras palabras, es un conocimiento que no gusta de la abstracción, que escapa de la fijeza y constancia de los conceptos, para pretender vivir en el dinamismo del relato.

Extremando esta propiedad, tendría que contarles aquí la película, secuencia por secuencia, y detalle por detalle, para que ustedes recibieran el conocimiento que sobre los niños de la calle en Medellín nos hemos construido nosotros mismos al hacerla.

Afortunadamente este no es el único camino, puesto que una película se hace contando y pensando al mismo tiempo; acciones e ideas, eso conforma una película, por mala o buena que sea.

La ficción es el rodeo que hacemos a través de la imaginación para llegar a la verdad de lo que está aquí mismo, a la verdad de la elusiva realidad nuestra de todos los días...

La realidad tiene esta doble condición: está ahí, cotidiana, mostrándonos la cara, pero al mismo tiempo es elusiva en sus significados, indescifrable, pared de símbolos que pide lectura y discernimiento. ¿Por qué esta doble existencia de la realidad? Porque la realidad somos nosotros mismos, y nosotros estamos cercados de secretos: verdades acalladas, verdades escondidas, verdades sustituidas por otras, verdades irreconocibles e irreconocidas.

El conocimiento que ofrece esta película estará siempre moviéndose entre la idea y la acción, por lo que me veré obligado siempre a contar anécdotas y peripecias de las personas, al tiempo que trataré de concluir algunas ideas que, en este caso concreto de los niños de la calle, deberían llegar hasta ustedes e interesarlos.

Lo que logra la ficción

La ficción no está, como el periodismo, detrás de los hechos. La ficción nos pone delante, primero que todo, a los personajes: Leidy, Marta, Mónica, Andrea... Su singularidad y su particularísimo punto de vista. La ficción quiere saber lo que ellos piensan cuando hacen lo que hacen, lo que piensan y lo que sienten los personajes cuando están en escena.

Esta intención coincide con lo que se han propuesto algunos historiadores contemporáneos cuando acuden al concepto de la historia como «historia de las mentalidades». Las conductas y las costumbres tienen de fondo algo que las sostiene y las explica: las «mentalidades», ideas intangibles que se propagan produciendo los hechos.

Sin embargo, la ventaja que incluyen los personajes no es sólo la de los puntos de vista. Este punto de vista cambia y se transforma, puesto que la ficción es un relato en el tiempo. El director de la película no puede juzgar a sus personajes, sino sólo pretender acompañarlos durante el transcurso del relato. Si los juzga, los detiene en su movimiento dramático que parte de algo y busca algo... Su obligación consiste en testificar esta transformación. Esto es ver a los personajes en el tiempo.

Esto significa, además, aprender a ver a las personas con paciencia y permisividad, deteniendo el juicio momentáneo para entender el espacio humano en el que despliegan su vida. La mirada humana sobre una persona no es otra cosa que observarla en el tiempo. Esta ventaja del cine de ficción la deberíamos aprender todos nosotros. Ver a los demás en el tiempo, con su carga inevitable y su sorpresa, aunque su presente sea un problema oscuro sin solución.

Marta, de trece años, pelea furiosamente con su mamá y destruye con las más atroces palabras los últimos puentes que las comunican entre sí, y luego se pasa quince largos días deambulando por el centro de la ciudad, durmiendo en las aceras y sin bañarse, hasta que por fin encuentra las amigas con quienes se instala en una pieza limpia y ordenada, donde ella, por primera vez, hace de comer y reúne el dinero para comprarse una vajilla de loza como la que nunca tuvo con su madre.

Carolina, de nueve años, también se «vuela» de su casa, y va a dejarse tocar por un zapatero que le paga 500 pesos para que no se lo diga a nadie. Pero ahora está en un internado, y habla de estas cosas que ocurrieron hace tantos días extendidos de niña, que pone la cara perfecta de la inocencia reconquistada.

Ellos, los personajes, buscan angustiosamente con los ojos vendados su punto de equilibrio, donde se pongan por fin a la altura de su dignidad. Mejor dicho, de lo que ellos piensan que es su dignidad.

Un vicio triste que es un símbolo más triste

Pocas imágenes pueden impresionar más la sensibilidad de un ciudadano que el gesto del niño que cruza el brazo sobre el pecho para llevarse a la boca un frasco con sacol. Esta impresión, me parece, proviene del hecho de que el gesto supone dos personas, cuando en realidad hay sólo una. La segunda persona está sin estar, se halla presente a través de su ausencia. Por medio de la botella, los niños simbolizan a la madre cariñosa que ya no está por ninguna parte. La madre que transforma por completo el ánimo y el sentido de la vida de un niño.

Como la realidad les ha negado la continuación de esta madre ferviente, ellos se desenvuelven en el tiempo hasta llegar a un momento en que aquel vínculo feliz existió. Hasta aquella época en que los niños vivían a los golpes de la sangre de su madre, fluido milagroso de vida que los alimentaba y los hacía valiosos por sí mismos.

El sacol es, creo, el puente de alivio a través del cual los niños de la calle buscan retornar a su infancia perdida. Pero no escamoteada por el tiempo, como la infancia de los adultos, quienes podemos darnos el lujo de perder la infancia al traspasar «la línea de sombra» de la adultez. Aquella infancia desaparecida de golpe, destruida, arrancada, raptada, robada... cuando todavía se es un niño, cuando todavía no se ha atravesado la luz de la inocencia que hace visible el mundo.
Se trata de un vicio triste que busca restaurar la verdadera infancia de los niños sacoleros, cuando era infancia verdadera; es decir, cuando el niño gozaba todavía de la inocencia, el único regalo impostergable que la ciudad debe dar a los niños: vivir la ilusión del mundo por fuera de la sobrevivencia. Vivir el mundo mágico, lleno de engaños inocentes, y trazar el suave y graduado camino hacia los conocimientos de la muerte, la declinación y la separación...

La infancia de estos niños es el sacol. Ellos han visto su infancia interrumpida abruptamente, y la encuentran tristemente sustituida por el alivio de una borrachera y un viaje (del ánimo) que la aleja de la realidad, igual que si estuviera rodeada de colchones de aire que la tamizan como un sueño. No hay hambre, ni frío, ni soledad...

Los niños de la calle, especialmente las niñas, que pueden ser violadas, prostituidas y embarazadas con otro niño desamparado en segunda generación, recorren durante las horas del día etapas enteras de crecimiento que demoran años en otros niños que han vivido una infancia normal.

Pero, más allá de este alivio, lo interesante es que los «viajes» del sacol se materializan en «sueños» concretos, de los cuales los niños sacoleros prefieren no hablar, tal vez motivados por el carácter intraducible de sus experiencias y su pobreza de palabras.

Los niños y adolescentes sacoleros «sueñan», alucinan y tienen visiones de imágenes pacientemente construidas: ven a su mamá, que está tan lejos, aparecer de pronto para regañarlos e indicarles un camino que ellos odian sin saber la razón... A veces sueñan con la Virgen María, aparición dulcísima, que está suspendida sobre la calle, y les murmura, sin traicionar los labios, palabras de cariño saturadas de dulzura increíble... Luego la Virgen se transforma en la mamita, la abuelita que le ordena dejar la botella de sacol y volver al internado de las monjas... O sueñan que son más altos que los edificios, o sueñan que se hacen tan pequeños que ya nadie los ve ni los persigue... O viendo rostros cambiantes en las nubes del cielo, o con amigos queridos que conversan con ellos durante horas, amables y agradables, riéndose de la gracia absurda de las palabras...

Con todo, también los sueños del sacol pueden ser negros y oscuros: enemigos, «culebras” y «traídos»; paredes cubiertas de sangre: las de los niños heridos en la ciudad durante el último fin de semana, por ejemplo. Sangre de niños que se anuncia, para evitarla.

Los niños sacoleros tienen acumulados todos los años de la infancia: las innumerables capas de asombro petrificadas sobre su rostro.

«La Chinga» es un niño de éstos. No sé cuántos años tiene: ¿diez, quince?... Se le nota una luz oscura en la cara, inversa a la luz de la inocencia que ha perdido a punta de golpes. ¿Qué resulta al invertir la inocencia? Creo que la ironía. Ironía que aleja de la realidad, igual que el sacol, pero conservando los lazos lo suficiente como para que la risa surja y brote, despertando al niño a la cultura de las asociaciones... Ironía que es cultura elegante de la calle.

Cuando alguien le pregunta a «La Chinga» por su falta de zapatos, él responde: «¿Para qué zapatos, si no hay casa...?»

A esta ley oscura de la ironía se opone la luz de las niñas inocentes; la dramaturgia de la inocencia que inventa el espectáculo íntimo de la gracia.

El «sueño» de los destinos

Carlos es un niño sacolero de nueve años que tendrá, probablemente, una presencia fugaz en la película. Está rapado y su cara es de indio moreno, ennegrecido el rostro todavía más por el polvo de la calle. Casi no habla con extraños, ni con nadie, acostumbrado a la mudez de la desconfianza.

Pero él nos contó el siguiente sueño, que quedó registrado en video junto a los ensayos de actuación:

«Caliche» soñó ensacolado que, estando en Medellín, se iba volando hasta la casa de su mamá, que quedaba en Urrao, y la buscaba por los alrededores, observando pero sin ser observado, hasta que veía a su hermanito jugando solo, sin nadie, puesto que él mismo se había volado de la casa; y luego buscaba a su mamá por los corredores hasta que la encontraba en la cocina. Ella lo veía al entrar, lo saludaba por el nombre y luego le ponía un «destino», es decir, le mandaba a hacer alguna cosa: traer leña, traer agua, encerrar la vaca con su ternero.En Antioquia, destino significa «trabajos de la casa para hacer»...

Cuando converso con los niños sacoleros, me confunde la aparición de algunas frases inconexas que parecen querer expresar la súplica y la rabia por haber perdido el camino que trazaba la madre, porque al principio de la infancia, la madre los guiaba y les daba un destino en el mundo. Los niños sacoleros necesitan volver a escuchar los destinos que les dictaba su madre.
Los niños de la calle están perdidos en el tiempo de la ciudad, sin el legado de estos destinos elementales: traer agua o leña, perseguir la vaca, ser valiosos para algo grande como la casa.

La rebeldía contra las causas

Marta Cecilia Correa es una niña de catorce años, que tiene los ojos tan grandes y vivaces que disimulan, hasta hacerla insignificante, una cicatriz en la mejilla en forma de cuatro. Este número casual la mortifica. A los lados, y en la otra mejilla, tiene otras señales, esparcidas en todas las direcciones, que son las demás huellas de sus días difíciles. Su cara, con el mentón levantado, ha atravesado sus años de adolescencia como si se tratara de un largo accidente.

Este accidente está hecho por lo menos de una decena de heridas en la cara. Un rostro manchado al azar por las peleas mortales que las niñas tienen entre sí, armadas con cuchillos o navajas. ¿Los motivos? Insignificantes, triviales, simulados. En una palabra, intrascendentes, nacidos del azar, como en los accidentes verdaderos.

Y los motivos pueden ser cualquier cosa, porque las niñas de la calle no están molestas con algo en particular, sino rebeladas contra el mismo movimiento del mundo, por una injusticia social tan grande que las ahoga y les impide explicarse...

Creo que nunca he observado una rebeldía tan soberana y tan rabiosa como la que impulsa, a manera de un motor insaciable que no da tregua, a esta niña de catorce años, Marta Cecilia, que será nuestra actriz, un tanto incontrolable. Esta fuerza tira para todos los lados y traza todas las direcciones porque es ciega y su enemigo es todo lo que hay alrededor. Para quien la padece es un poco como estar abandonado al azar de un «carrito chocón», o como se dice en la jerga callejera, ser un «carroloco» que tarde o temprano se «estrellará».

Bernardita Correa, la mamá de Marta, pertenece a una familia campesina de Yarumal, que emigró a Medellín hace 25 años, después de la muerte de su padre, Pascual Correa. Ha levantado sola, en Santo Domingo Savio, a sus tres hijos, que conocen a su papá sólo de oídas. Y para «levantarlos» ha hecho honor a su apellido, educándolos como a ella la educaron, es decir, castigándolos a punta de correa y palo corrido.

Todo iba relativamente bien para ella hasta cuando se encontró con un obstáculo que la venció y le amargó desde entonces la vida: la rebeldía de su hija, que no logra entender ni resolver como buen acertijo que es.

Esto es para mí también un enigma y una pregunta oscura: propongo a ustedes tomarla en serio y tratar de resolverla, puesto que por esta rebeldía insomne y radical muchas niñas y niños terminan separados de sus familias, inventando «películas» en la calle, como ellos dicen, donde el director es el azar.

Marta se fue de la casa hace dos años, para que su mamá aprendiera a respetarla. No le aguantaba más que atentara todos los días contra su libertad: libertad de bailar, conseguir novios y trasnochar... También libertad de estrenar o de ponerse ropa prestada...

Libertades que Marta defiende con un ímpetu justiciero difícil de descifrar. Antes de irse, le dijo a su mamá estas palabras: «Usted no es mi mamá, usted es cualquier cucha; despéguela, señora». Y continuó: «Usted me tiene que aprender a respetar, y para eso tiene que sufrir, vieja hijueputa...»

Y Marta se fue para el centro, a vivir con un grupo de niñas en una pieza alquilada por dos mil pesos diarios. Atravesó todos los peligros de la calle, pero al mismo tiempo ordenó algunas cosas de su vida: tuvo una pieza organizada, cocinó e hizo reunir plata para un televisor y una porcelana de adorno que colocaron encima de un chifonié de madera que ella también había comprado.

A los seis meses su madre encontró la pieza, se la barrió y limpió, e incluso les hizo sudado de carne y papas a su hija y a sus amigas. Antes de irse le hizo entender a su hija que volviera, que ella la iba a respetar en todo lo que quisiera. Que viviera como quisiera, con tal que regresara a la casa.

Quince días antes de conocernos en esta película, Marta volvió a la casa con serenidad, triunfante porque había vencido a su madre y le había enseñado de una vez por todas a respetarla, a no injuriarla, humillarla o castigarla; le había dado la lección de que ella, su hija, era una persona que no se podía ultrajar.

Estuvieron juntas en el centro, vendiendo morcilla y empanadas, reconciliadas y humildes, durante algunos meses; Marta dormía en una colchoneta con su hermano mayor, de quince años, al pie de la cama de madera donde dormían su mamá y el hermanito pequeño. Veía televisión donde el vecino y conversaba con los novios del día hasta las once de la noche, cuando las calles se vaciaban de curiosos...

Durante estos meses Marta tuvo novios de barrio, bailó en las heladerías de barrio, fue de paseo con sus amigos hasta la laguna de Piedrasblancas y jugó basquetbol en las canchas de La Salle, hasta cuando alguien (tal vez ella) botó el balón para toda la tarde...

Sin embargo, ahora se dicen muchas cosas de Marta en el barrio: que se robó una minifalda en un patio vecino, que hirió con una navaja a su hermano, que se besó con unos muchachos en la calle... Su madre lo confirma, pero ella lo niega. Por consiguiente, no quiere vivir más con su madre. Me llama y me dice, seriamente: «Víctor, no me entiendo con mi mamá; voy a vivir en una pieza en el barrio, que vale treinta mil pesos. Quiero que usted me apoye. Voy a coger la pieza con Milena, que es aquella amiga a la que se le fue la mamá de la casa».

Ambas, Milena y Martica, van a cumplir en los próximos meses quince años de edad. Están, como decenas de niñas de los barrios populares, separadas de sus madres y de sus familias por un odio que no han podido comprender; en resumen, andan en busca de una pieza que les reafirme la libertad...

Tal vez Marta salga de su casa en los próximos días, duerma de nuevo en las aceras de la setenta, y vuelva a refugiarse en el sacol y a ser aruñada y perseguida...

Todo esto puede suceder si no resolvemos el enigma de su rebeldía. ¿Qué significa?, les pregunto también a ustedes. Hace algunos meses, a la pregunta constante por su padre, doña Bernardita les contestó a sus hijos inocentemente que él se había ido a Cali, antes de morir, a trabajar con el cartel de la ciudad... Este solo indicio bastó para que Marta y su hermano se sumergieran en el desorden y la rebeldía más completa... Creo que ellos dos son así por no haber tenido un padre verdadero, sino sólo un padre de oídas. Pienso que Martica y su hermano se han rebelado radicalmente por tener una ley sin papá.

La dignidad de Mónica

Conocí a Mónica Rodríguez hace ocho años, es decir, cuando era apenas una niña que vivía interna donde las hermanas de «Mamá Margarita». Allí se destacaba debido a su inteligencia vivaz y a su capacidad para expresar con palabras las observaciones más sutiles sobre su experiencia inédita de niña de la calle.

Las mismas hermanas no salían de su asombro: elocuencia y dramatismo encarnados en una niña menuda que hacía que el mundo pareciera divertido. Gracias a ella fue que yo concebí La vendedora de rosas. Pero el tiempo ha pasado y Mónica ya no tiene ocho años, es una adolescente de 16 años, sólo que durante estos días de no vernos su vida ha dado tantos giros inesperados que, no sabe por qué, ahora es madre de dos niños.

Aunque no existieran las películas ni ningún medio para grabar su vida, Mónica es una persona que nos hace volver sobre ideas abandonadas. Particularmente sobre el heroísmo en la vida, palabra que alude a quienes inventan de la nada sus propios caminos, y que han construido, conversando muy largamente consigo mismas, un criterio y un punto de vista único de las cosas. Mónica es una adolescente que ha recibido todos los azotes de la intemperie, pero debajo de su sombrero deshecho y su pelo mojado, debajo de su cabeza que da vueltas, permanece el criterio de la heroína. Es decir, la vocecita digna y sin renuncia que morirá con ella.

Por muchas razones inevitables, Mónica se fue del lado de las monjas. Al comienzo pidió limosna en la calle y en las plazas de mercado para alimentar a su mamá y a sus siete hermanos, hasta cuando su cambio de niña a mujer hizo que los hombres a quienes les solicitaba ayuda la miraran ahora con malicia y ambigüedad. Se fue también de la casa, ofendida en su orgullo, porque su mamá creyó que ella coqueteaba con su padrastro.

Así las cosas, Mónica hizo un balance de sus opciones y concluyó que, debido a su dignidad, ella no podía seguir pidiendo ni tampoco iba a dejarse tocar y «comer» de desconocidos por el dinero que le faltaba para vivir.

Las niñas que piden o se prostituyen son, en su concepto, personas «cortas de espíritu», pobres de iniciativa y sin respeto por sí mismas, algo muy alejado de su dignidad. Por eso, después de pensarlo durante días en una pieza de pensión, Mónica decidió convertirse en ladrona de la calle, en la mejor de todas, puesto que robar es una profesión difícil.

Creo que pocas veces he conocido una adolescente con tanta inteligencia y talento para cualquier cosa como Mónica. Y también, hay que decirlo, para robar. Los ladrones del centro, veteranos de guerras mortales e inútiles, a quienes ella mira con el rabillo del ojo, la saludan desde lejos levantando el pulgar; son ruidosos, mientras ella les responde débilmente, para no llamar la atención. La razón está en que a Mónica, «La Ratona», todos la respetan y la aprecian por la firmeza de su criterio. «Eso es lo último que se puede perder», dice.

Mónica conoce como nadie la compleja profesión de robar, sus modalidades, sus opciones, sus misterios y sus trucos. Y en ese árbol lleno de ramificaciones ella ha buscado su lugar, de acuerdo con su temperamento. Nadie podría resumirlo mejor que ella.

Pero todo lo anterior lo envuelve con un pensamiento más profundo, que demuestra el alcance de la conciencia de sus actos: ella roba —dice con franqueza— para mortificarles y dañarles el día a los ricos, para agriarles el ánimo; o por lo menos para asustarlos con el mismo susto con que viven los niños de la calle, para que sientan las penas de los que no tienen nada.

Y es que detrás de la rabia de Mónica hay una enorme amargura, que se duele y llora por la suerte que les ha tocado a ella, a Mónica, la niña divertida, a sus hermanos y a su madre la pobrecita: la suerte aplastante de ser pobres, que emborracha su cabeza con preguntas constantes.

Este talento inagotable que se disuelve en rabia vengativa a través del atraco, este pesar hondo y lírico que pregunta por el destino de tantas personas amadas, debería tener, creo yo, un final distinto.

Mónica Rodríguez era ya una actriz cuando la conocí en el internado de las hermanas. Tenía ocho años y se subió a un árbol a contestarme una entrevista. Qué bella imagen, pensé, al ver que me hablaba pasando de una rama a otra.

Jugando a la existencia

Las vendedoras de rosas escogen sus novios y sus parejas de baile de un grupo de muchachos adolescentes, de catorce y quince años, que trabajan en una esquina de la setenta vendiendo cigarrillos de marihuana, y también de los otros... Su apariencia inocente de niños «bien parecidos», dista mucho del cliché del vendedor de drogas. Simpáticos, atractivos por su gracia infantil, ellos también son niños de la calle, aunque viajen cada madrugada, como «gallinaciegas», a dormir en las casas de sus papás o de sus tíos, donde viven somnolientos, a medias, eclipsados como los celadores que duermen todo el día.

A las siete de la noche arriban a la esquina, frescos y radiantes como señoritas, adornados por sus chaquetas americanas que parecen gabanes de lo holgadas, coronados con elegancia misteriosa —¿son niños bien?; ¿no lo son?— por las cachuchas de moda que aparecen en los comerciales; sólo que ellos convierten la moda a su gracia particular de niños de la calle, es decir, de niños suspendidos en el tiempo.

Esta esquina, que aparece tan agitada y variable a los ojos del que cruza y sigue sin parar, es en verdad un lugar bastante confortable y habitable, es decir, un sitio con carácter. Sólo que este carácter es un poco humorístico: el lugar donde se sientan, cerca de la malla metálica de la lavandería, lo llaman «la oficina». A Jaime, un niño espigado de trece años, que se la pasa excitado bordeando la calle, casi siempre ensacolado, sin saber adónde ir ni qué hacer, lo han bautizado «El Alcalde», lo que les produce risa incontrolable. Y cuando alguno se sale de cauce, lo cual es muy frecuente, y perjudica con su conducta la existencia de la plaza de droga, ellos le hacen una rápida audiencia en «la oficina», y luego, con un sentido del humor paródico y violento, lo llevan a la «silla eléctrica», que consiste en una graciosa andanada de pata y coscorrones; después, el acusado se ve obligado a pedir perdón y opacarse durante la noche.

Todos están vestidos con camiseta y bluyines a la última moda, costosos y difíciles de adquirir para un ciudadano normal. Modas estrafalarias, exageradas, tal vez de mal gusto, modas estrambóticas de los desclasados. Ellos usan bluyines de sesenta mil pesos y camisas de cuarenta, porque están de fiesta cada noche de la setenta, iluminados como cuando se ponen frente a las farolas de los autos, eufóricos de estar tan visibles y tan libres en la apariencia de la calle.

Pero es una fiesta humorística porque está hecha de las ilusiones de la noche, no de las del día entero. Uno de ellos, de quince años, moreno pero de cabello aindiado, es conocido por todos como «Chocolatina», y su apellido es «Jet». Tiene el mismo pendiente de cristal que porta Mario Barakus, y he sido testigo de que le brilla intensamente con las luces de la setenta. Dos de sus amigos más cercanos son Elkin, a quien le dicen «Murdoc», también como en Los Magníficos, y Alex, «Pesadilla», que se caracterizan porque siempre llevan los bluyines caídos sobre las nalgas, en un humor involuntariamente cantinflesco, que contamina toda la noche.

Elkin, de catorce años, rubio y buen mozo, de habla dulce y matizada, vive con sus primos en la última pieza de la casa, en seguida de un patio sin construir que, por su olor, ha estado abandonado desde hace meses. «Chocolatina» tiene un papá de 35 años, albañil, bien vestido y apuesto como él, que parece más ingenuo que su hijo; incluso me confesó súbitamente que él no conocía nada de su hijo, que no sabía cómo era su vida. En otras palabras, «Chocolatina» no existe para su padre.

En mi opinión, las noches de estos muchachos son humorísticas porque ellos se saben profundamente inexistentes, porque saben que la calle en la noche los hace existir de manera transitoria, les da la pompa de la existencia.

Pero como precisamente la vida en la calle es un poco irreal, estos niños de la setenta se inclinan a experimentar con dicha irrealidad, a extenderla, a llevarla cada vez más lejos, tal vez con la esperanza de encontrar sosiego en un destino claro de inexistencia.

A cierta hora —¿las diez, las doce?—, dan por terminado el trabajo y comienzan las verdaderas peripecias de la noche, un excitante camino de derivaciones manejado por el azar de la calle. Le compran las pastillas a una señora que vende aguardiente en la cuadra de en seguida, se reúnen en la penumbra de un jardín, y se advierten mutuamente antes de tragarlas: «De ahora en adelante no respondo por mí, y no reconozco a nadie... para que no se me confíen».
Los finales casi siempre son patéticos, pero los comienzos de estas aventuras de «borrar el casete», como ellos dicen con frialdad, constituyen una especie de parodia humorística: atracan a los conocidos, a sus mismos amigos de la esquina, y algunas veces atracan incluso a las mismas vendedoras de rosas, a Marta o a Liliana; la situación es tan ambigua que, vista desde afuera, está envuelta en un absurdo humorístico que los hace reír hasta a ellos mismos... Pero aunque el amigo no lo crea, y se ría, en ocasiones ellos se ven obligados a herirlo con una navaja, para que comprenda que el robo va en serio y que tiene que desprenderse de su plata o sus zapatos...

Hace un mes «Chocolatina» aprovechó una serenata de mariachis, cerca de la setenta, para robarse un maletín que estaba dentro de una camioneta Toyota, con tan mala suerte que fue cogido in fraganti por su dueño. El hombre sacó una pistola del maletín que «Chocolatina» había arrojado debajo del carro, y le disparó repetidas veces, pero el muchacho corrió de espaldas y las balas se alejaron de él. Entonces apareció Elkin, que había estado también en la reunión de las pastillas, y con un palo de escoba se acercó hasta el dueño y lo desarmó de un golpe, y luego lo amenazó apuntándole con el palo, como si se tratara de un fusil.

Pero el señor de los mariachis rescató su pistola y volvió a dispararles, mientras Elkin y «Chocolatina» huían dando los rodeos de los borrachos, las curvas indiferentes de los niños que juegan a existir de mentiras.

Cuando llegaron a «la oficina», se doblaron de risa por el peligro que habían corrido, sobre todo por el palo de escoba que se había transformado humorísticamente en arma mortal. Pero de pronto Elkin se sintió débil, la fuerza de sus piernas lo abandonó y se tuvo que sentar en la acera. Tenía una herida de bala en la espalda, que «Chocolatina» se demoró en creer, hasta que una de las niñas, horrorizada, la descubrió.

Recuerdo que leí alguna vez en Vladimir Propp, el estudioso del cuento maravilloso, que cuando el cuento se llenaba de transformaciones humorísticas quería decir que antes existieron allí los héroes con sus heroísmos. En otras palabras, que donde se lee ahora «Peralta le ganó al diablo con los dados», decía antes «Peralta venció al dragón».

Detrás de los niños de la setenta, que juegan a la inexistencia como ejercicio humorístico e irónico, hay —si lo de Propp es verdad— una docena de héroes infantiles que atraviesan la larga noche de luces tratando de vencer un dragón. ¿Cuál es este dragón?, me pregunto.

Tal vez el tiempo inútil de los niños de la calle que no tienen lugar en este mundo.