martes, 17 de marzo de 2009

Probar y reprobar por Umberto Eco

Muchos lectores no saben qué son exactamente los agujeros negros, y francamente yo también suelo imaginármelos como aquel enorme pez del “Submarino amarillo” que devoraba todo lo que lo rodeaba y que terminaba por engullirse a sí mismo.
Pero para comprender el sentido de la noticia que me sirve como punto de partida no hace falta saber demasiado, sino tan sólo entender que se trata de uno de los problemas más polémicos y apasionantes de la astrofísica contemporánea.
Recientemente, nos informan los periódicos, el célebre científico Stephen Hawking (no tan famoso entre el gran público por sus descubrimientos, sino más bien por la fuerza y la determinación con la que ha trabajado toda su vida, a pesar de padecer una terrible enfermedad que hubiera convertido en vegetal a otra persona), ha hecho un anuncio que parece poco sensacional.
Hawking afirma haber cometido un error al enunciar, en la década del 70, su teoría sobre los agujeros negros, y ahora se dispone a presentarse ante un consejo científico para proponer las correcciones necesarias.
A los que practican la ciencia, este comportamiento no les resulta nada excepcional, de no ser por la fama del propio Hawking, pero considero que el episodio debe ser señalado a los jóvenes de las escuelas no fundamentalistas y no confesionales para instar a la reflexión sobre los principios de la ciencia moderna.
Los medios de comunicación masiva suelen someter a juicio a la ciencia, como responsable del orgullo luciferino con el que la humanidad tiende a avanzar hacia su posible destrucción, y al hacerlo confunden evidentemente la ciencia con la tecnología.
La ciencia no es responsable del armamento atómico, del agujero de ozono, de la licuefacción de los hielos y cosas por el estilo: por el contrario, la ciencia puede ser la única capaz de combatir los riesgos que corremos cuando, empleando incluso sus propios principios, nos entregamos a tecnologías irresponsables.
Pero en las condenas a la ideología del progreso (o el llamado espíritu del iluminismo) que se escuchan y se leen frecuentemente suele identificarse el espíritu de la ciencia con el de cierta filosofía idealista del siglo XIX, para la cual la historia avanza siempre a lo mejor y hacia la realización triunfal de sí misma, del espíritu o de cualquier otro motor impulsor que marcha sin pausa hacia el fin óptimo.
Y, en el fondo, cuántos (al menos de mi generación) nos quedábamos con la duda después de leer los manuales idealistas de filosofía, de los que emergía que cada pensador que había venido a continuación había entendido mejor (o hasta "verificado") lo que habían descubierto los que lo habían precedido (como decir que Aristóteles era más inteligente que Platón). Y contra esta concepción de la historia se lanzaba Leopardi cuando ironizaba sobre esas "magníficas suertes progresivas".
Inversamente, y especialmente en nuestra época, para sustituir tanta ideología en crisis, se coquetea crecientemente con lo que se denomina el pensamiento de la tradición, según el cual durante el curso de la historia no nos hemos acercado cada vez más a la verdad, sino al contrario: todo aquello que había para comprender lo comprendieron las antiguas civilizaciones ya desaparecidas, y sólo retornando humildemente a aquel tesoro tradicional e inmutable podremos reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestro destino.
En las versiones más desvergonzadamente ocultistas del pensamiento tradicional, la verdad era la que cultivaban las civilizaciones de las que hemos perdido todo rastro, como la de la Atlántida engullida por el mar, la de la raza hiperbórea de arianos purísimos que vivían en un casquete polar eternamente templado, de los sabios de una India perdida y otras preciosuras que, por ser indemostrables, permiten a los filosofastros y a los novelistas de segunda seguir refritando siempre la misma basura hermética para solaz de los necios y los destructivos.
Pero la ciencia moderna no cree que lo nuevo siempre tiene razón. Al contrario, se funda sobre el principio de la "falibilidad" (ya enunciado por Peirce, retomado por Popper y por tantos otros teóricos, y puesto en práctica por los prácticos), según el cual la ciencia avanza corrigiéndose continuamente a sí misma, falsificando sus hipótesis, por trial and error (ensayo y error), admitiendo sus propias equivocaciones y considerando que un experimento que no ha funcionado no es un fracaso, sino que vale tanto como un experimento exitoso, porque prueba que el camino que se estaba siguiendo era equivocado y que debe corregirse o recomenzar todo de cero.
Eso era lo que sostenía siglos atrás la Academia de la Ciencia, cuyo lema era "probar y reprobar". Y "reprobar" no significaba probar de nuevo, que sería lo de menos, sino rechazar (en el sentido de reprobación) aquello que no podía sostenerse a la luz de la racionalidad y de la experiencia.
Este modo de pensar se opone, como decía, a todo fundamentalismo, a toda interpretación literal de los textos sagrados -que son constantemente susceptibles de relectura-, a toda seguridad dogmática de las propias ideas. Esta es la "buena" filosofía, en el sentido cotidiano y socrático del término, que la escuela debería enseñar.

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